Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Memorias de un alma perdida

Creo que he llegado a temer una hoja en blanco. No dejo de sentir la imperiosa necesidad de desahogarme pero cuando empiezo a hacerlo algo me frena. Creo que no seré capaz de parar. Hay tantas cosas que me descontrolan a nivel emocional que no puede hacerles frente. He llegado a un punto en mi vida en el que cada minuto está plagado de alguna tarea que, necesaria o no, me lleva todo el tiempo del que dispongo. Sea como sea, sigo necesitando más. Como si un par de minutos libres me pudiesen solucionar los problemas. Tengo la sensación de estar corriendo con una maleta demasiado llena, a medio cerrar y con una cinta aislante que hace un papel mayor del que se le corresponde. Y así es mi vida. Un cúmulo de cosas que no consigo solucionar y, sin embargo, no dejo de buscar más cosas de las que podría encargarme, como si temiera quedarme a solas conmigo misma.

Las horas de sueño se han acortado drásticamente (porque incluso allí, los temores me acechan), saltarme la cena se está convirtiendo en un ritual que me permite seguir “en marcha”, haciendo algo de cuya meta no esté segura. Puede parecer una estupidez pero mi agenda, aparentemente demasiado apretada, no incluye emociones. Es como si intentara desconectarme convirtiéndome en una máquina que jamás seré.

Hay una frase que me ha llamado la atención hoy. “No tengo tiempo para llorar”. Patético, ¿verdad? Pues así estoy yo y no me daba cuenta hasta pronunciarla. Y bueno, no podía permitirme ese lujo (nótese el sarcasmo).

Esta tarde, cascos en el oído, me he dado cuenta de que estoy más rota de lo que aparento y, lo que es más sorprendente, de lo que yo misma creo. A menudo tengo la sensación de estar caminando sobre cristales rotos que alguna vez formaron parte de mi vida. La mayoría del tiempo ni los notas, pero si aminoras la marcha, allí están.

Caminando en círculos cada vez más concéntricos, intentando superar el volumen de mis pensamientos por melodías pegadizas que no dejan de brotar de un par de auriculares que no me permito olvidar. Estoy dejando de dormir, de comer, de sentir… algunos me tacharán de loca, pero con todo ese frenesí, se me está olvidando algo realmente importante, pensar. Y si esas son las formas de conseguirlo, en ese caso, seguiré haciendo más, aumentando todo lo que pueda la velocidad a la que no dejo de girar esperando que, en algún momento, pueda formar parte de esos pedazos que no dejo de pisotear.