Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Demonios personales

Inseguridades, temores infundados y dudas que te corroen por dentro como un par de ratas hambrientas. Vamos por la vida con el miedo de que ocurra algo que ni siquiera tenemos la certeza de vivir. El agobio de vivir algo jamás experimentado va cerrando algunas puertas a medida que nos arrincona en la oscura habitación compartida con la soledad. Lo peor de todo es que muchos se llegan a acostumbrar a esa sensación de ahogo que a menudo nos aprisiona quitándonos todo el aire.

Los miedos tienen un poder increíble y más si dejamos de luchar contra la absorbente sensación de vacío interior. Olvidamos que el temor forma parte de una realidad alternativa que, casi seguro, no experimentaremos.

Cada uno tiene sus propios demonios. Ya desde el momento de nacer y hasta la muerte vamos luchando contra un millón de cosas que nos asustan, que nos revuelven el estómago o, simplemente, nos paralizan. Tan diferentes y tan iguales. La sociedad actual nos presiona para convertirnos en individuos fuertes y valientes. Nos prohibimos a sentir el miedo y ante cualquier muestra, por muy imperceptible que sea, de temor que muestre alguien, lo tachamos de débil.

¿Acaso la debilidad es tan mala? En mi opinión el temor sirve para seguir avanzando, como un obstáculo más, como una piedra en el camino hacia la mejora personal. Y no, permítame decir que reconocer los miedos no nos hace ser inferiores. Al contrario. La valentía es una cualidad bastante olvidada en esta sociedad de usar y tirar. Cada error se toma como una sentencia de muerte y así vamos por la vida, convirtiéndonos en perfectas máquinas persiguiendo la perfección.

Lo cierto es que la superación de un miedo es algo increíble. Solo quienes lo hayan experimentado sabrán de qué les estoy hablando. La valentía te da poder, poder para recuperar una parte de ti de entre las tinieblas de las dudas y la incertidumbre.

¿Quieres controlar tu vida? Empieza por tu miedo. Uno por uno, ve eliminando aquellos temores que te quitan el sueño, el apetito o el aliento. Por mi parte, no pienso dejar que un par de ideas “alternativas” me empequeñezcan ante mis ojos.

Soy consciente de que es mucho más fácil dejar las cosas como están y seguir adelante arrastrando esa piedra que tanto nos molesta. Al final incluso llegamos a convencer a los demás que ese peso es lo mejor que nos pudo haber pasado, que sin él estaríamos perdidos u otro adjetivo que se nos ocurra poner en esa situación. Lo peor es cuando la persona misma se llega a convencer de la certeza de sus palabras, cuando las justificaciones cobran tanta fuerza que se olvida de cómo se sentía antes de experimentar ese peso que, poco a poco, la va doblando hacia el suelo.

Por otro lado, la sociedad está al asecho de nuevas “víctimas”, personas que se tiran al suelo de impotencia, cuando el camino se hace imposible y ya no son capaces de seguir cargando con el peso extra. Ese es el momento perfecto para llamarnos inútiles y/o débiles. Y nos lo creemos. Nos lo tomamos como algo cierto porque el miedo llega a sembrar la más profunda inseguridad por todo nuestro ser. Incluso nos negamos a levantarnos para seguir adelante.

Si lo pensáis, es mucho más fácil tirar la piedra cuando estamos en el suelo, cuando su peso nos llega a hacer recapacitar. Levantarse será mucho más fácil entonces. Y juro que la sensación es indescriptible.


Con el tiempo ves que el miedo jamás se marcha del todo, que en ocasiones hay resquicios de esa vieja sensación de inseguridad ante las situaciones antes temidas, pero aprendes a aceptar ese sentimiento pensando que lo superaste una vez y que no fue para tanto. Ese es el momento en el que puedes empezar a mirar al miedo a los ojos. En ese instante lo aceptas como tu compañero inseparable y ya que no echas a correr al encontrarte en una situación desconocida. De nada sirve huir cuando aquello de lo que huyes forma parte de ti. Acepta el miedo y sé más fuerte que él. Date cuenta de tu poder, tira la maldita piedra que obstruye tu camino y sigue avanzando. No dejes que el temor te impida ser quien quieres llegar a ser.   

sábado, 6 de diciembre de 2014

Sea quién sea

La oscura necesidad de alejarme de todo. Necesito estar a solas con los recuerdos del pasado. Un último adiós. Un billete sin vuelta. Un apretón de manos aliviado. Una lágrima que no termina de nacer. Descubrir quién eres y adónde quieres llegar. Montones de dudas que corroen tu cordura. El sentimiento de inquietud te rodea el pecho…


Creo que durante los últimos meses he descubierto que no hace falta saber exactamente quién eres, a veces solo basta con saber cómo no quieres llegar a ser. La escala de valores sigue rigiendo tus acciones y no podrías estar más orgullosa. Al fin y al cabo nadie ha conseguido que dejes de ser tú misma, seas quién seas.  

domingo, 16 de noviembre de 2014

La intención es lo que cuenta y otras mentiras.

A medida que vas madurando tus perspectivas acerca de la vida cambian y no siempre para mejor. Ya desde pequeño te enseñan que lo que importa de un regalo no es el regalo en sí, sino el detalle de hacer algo por otro. Vivimos felices con esa creencia llenando nuestras casas de objetos innecesariamente caros y extravagantemente inútiles. Y cada vez que dirigimos la mirada hacia ellos susurramos por lo bajito: “me lo regaló porque le importo”, “su intención fue la de sorprenderme” o, la mejor de todas, “seguro que con el tiempo me llegará a gustar”. Y así pasan los años, acumulamos cosas que jamás utilizaremos, llenamos espacios que podrían estar ocupados por objetos más valiosos sin ni siquiera planteárnoslo.

Maduramos. Nos convertimos en personas independientes. Aprendemos a crear nuestra propia senda de la felicidad y solo entonces nos planteamos la certeza de esas palabras. Lo peor de todo es que llegas a tarde cuenta de que has utilizado aquel planteamiento de forma generalizada para la mayoría de las cosas en tu vida.

Imagina que tienes un problema. Algo realmente preocupante que consigue mantenerte despierto hasta las altas horas en la madrugada. Necesitas ayuda. Un consejo que te permita seguir adelante. Siempre has sido autosuficiente por ello, incluso ahora, pides atención a susurros, expresando tu necesidad de ayuda de forma indirecta. No tardas en ser escuchado si la persona es la adecuada y entonces te desahogas. Le cuentas lo que te ocurre y esperas que te aconseje. Un segundo después te das cuenta de que nada de aquello te ha servido. De que hay consejos que por mucha “buena intención” que tengan no llegarán a ayudarte y ahora, como con los regalos, pones buena cara, le das las gracias y le dices que aquello era lo que necesitabas intentando disimular la decepción que se vislumbra en tus ojos.

La intención es una cosa genial, pero solo si acotas su uso a situaciones estrictamente definidas. No todos los consejos son buenos y, aunque agradezcas de corazón la preocupación de la persona, no puedes hacer que aquello “cuente”, no cuando necesitas algo que de verdad de ayude, no cuando tus gritos de auxilio no llegan a desgarrar el silencio. 

lunes, 10 de noviembre de 2014

De jaulas y barrotes...

Parece que esté buscando una forma de quedarme a solas. No dejo de alejarme de la gente siempre que puedo. Es como si necesitara quedarme con mi dolor. Las situaciones sociales llegan a agobiarme y cuando la compañía pasa de una persona me mareo. Todavía no entiendo qué me pasa. Puede que no me haya terminado de encontrar o, por el contrario, puede que  esté huyendo de la persona en la que me he convertido. ¿Quién sabe? Tan solo necesito una parcela donde pueda ser libre, ponerme los cascos y no pensar en nada que no sea la tarea que tengo delante. Creo que es eso. Mantener conversaciones se está haciendo tan pesado porque requiere recordar cosas, cosas que trato de dejar atrás al menos por un tiempo.

domingo, 9 de noviembre de 2014

[Insertar adjetivo despectivo aquí]

Creo que acabo de hacer algo que jamás pensé que ocurriría. Fiel a mis principios y defensora de todos y cada uno de mis valores... ¿Cómo voy a ser capaz de pedir que alguien los respete cuando ni siquiera yo misma he podido hacerlo? He escupido sobre mis creencias más arraigadas.
 No dejo de hacer un repaso mental de la gente que esté dispuesta a escucharme, pero siempre me topo con el mismo obstáculo. El sentimiento de vergüenza es tan grande que consigue convencerme de que toda esa culpa y arrepentimiento que se han condensado dentro de mi pecho es lo mejor que me merezco.
 ¿Quién soy? ¿Por qué no dejo de tropezar con piedras que ni siquiera estaban en mi camino? ¿Cómo voy a poder mirarles a la cara y pedir que respeten una regla que ni siquiera yo pude seguir? La desesperación se ha esparcido por cada punto de mi cuerpo y no dejo de sentir ganas de destrozar algo. De romper algo para que me haga compañía porque yo ya estoy demasiado rota y, con eso último, es como si pidiera a fuerza que me tiraran piedras para acabar de romperme del todo. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

Memorias de un alma perdida

Creo que he llegado a temer una hoja en blanco. No dejo de sentir la imperiosa necesidad de desahogarme pero cuando empiezo a hacerlo algo me frena. Creo que no seré capaz de parar. Hay tantas cosas que me descontrolan a nivel emocional que no puede hacerles frente. He llegado a un punto en mi vida en el que cada minuto está plagado de alguna tarea que, necesaria o no, me lleva todo el tiempo del que dispongo. Sea como sea, sigo necesitando más. Como si un par de minutos libres me pudiesen solucionar los problemas. Tengo la sensación de estar corriendo con una maleta demasiado llena, a medio cerrar y con una cinta aislante que hace un papel mayor del que se le corresponde. Y así es mi vida. Un cúmulo de cosas que no consigo solucionar y, sin embargo, no dejo de buscar más cosas de las que podría encargarme, como si temiera quedarme a solas conmigo misma.

Las horas de sueño se han acortado drásticamente (porque incluso allí, los temores me acechan), saltarme la cena se está convirtiendo en un ritual que me permite seguir “en marcha”, haciendo algo de cuya meta no esté segura. Puede parecer una estupidez pero mi agenda, aparentemente demasiado apretada, no incluye emociones. Es como si intentara desconectarme convirtiéndome en una máquina que jamás seré.

Hay una frase que me ha llamado la atención hoy. “No tengo tiempo para llorar”. Patético, ¿verdad? Pues así estoy yo y no me daba cuenta hasta pronunciarla. Y bueno, no podía permitirme ese lujo (nótese el sarcasmo).

Esta tarde, cascos en el oído, me he dado cuenta de que estoy más rota de lo que aparento y, lo que es más sorprendente, de lo que yo misma creo. A menudo tengo la sensación de estar caminando sobre cristales rotos que alguna vez formaron parte de mi vida. La mayoría del tiempo ni los notas, pero si aminoras la marcha, allí están.

Caminando en círculos cada vez más concéntricos, intentando superar el volumen de mis pensamientos por melodías pegadizas que no dejan de brotar de un par de auriculares que no me permito olvidar. Estoy dejando de dormir, de comer, de sentir… algunos me tacharán de loca, pero con todo ese frenesí, se me está olvidando algo realmente importante, pensar. Y si esas son las formas de conseguirlo, en ese caso, seguiré haciendo más, aumentando todo lo que pueda la velocidad a la que no dejo de girar esperando que, en algún momento, pueda formar parte de esos pedazos que no dejo de pisotear. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

Infectada

Siento que estoy envenenada. Tantas cosas han pasado a lo largo de estos seis meses que, sinceramente, ahora mismo no sé quién soy, qué quiero o adónde me dirijo realmente. Dicen que para saber quién eres realmente debes perderte, pero olvidan decir que tan solo puedes contestar a esa pregunta en pasado porque cuando te vuelves a encontrar… ya no eres el mismo.

Lo remedios temporales no funcionan cuando la herida no termina de cicatrizar, cuando la infección se empieza a extender pero tú intentas tranquilizarte a toda costa, restándole importancia. Llega un momento en el que el corte que tú mismo te propinaste logra infectar un área más extensa y en ese momento despierta el miedo.
Estás a la deriva de la incertidumbre y no sabes hacia dónde dirigirte. De pronto, todos los aspectos de tu vida a los que les echas un ojo te parecen desperfectos, les falta algo y no sabrías decirte qué es. Resumiendo, estás en medio de algo que no quieres mantener.

Sabes que necesitas volver a encontrarte, volver a ilusionarte por la vida, pero para eso necesitas cortar algunos lazos con el pasado. Todavía no sé qué será lo que haré, pero el dolor es tal que me impide pensar con claridad. Necesito sacar todo el veneno que se lleva acumulando en mis tejidos todo este tiempo para poder volver a sentir. Lo peor de todo es que, aun en forma de toxina, me hace sentir más completa. Sé que está mal, pero una vocecita interior tiembla al tener que admitir que cuando me desprenda de toda esa infección será peor, me quedaré vacía. Pero luego, me obligo a pensar que, aunque cueste, necesitamos librarnos de algunas cosas del pasado para hacer un poco más de sitio a lo que está por venir. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Amotinamiento

En ocasiones el daño que sufrimos es tan grande que necesitamos devolver el golpe para restablecer el equilibrio. No puedes seguir absorbiendo esa presión que te empuja hacia atrás hasta llegar a sacarte todo el aire de los pulmones. Nunca más. Te lo prometiste hace tiempo y piensas cumplirlo. No piensas volver a pasar por un mal trago que consiga quemarte las entrañas cual ponzoña. Decides elegir con quién compartir tu intimidad y te alejas del murmullo de la gente que no consigue entenderte. Nadie fue capaz de hacerlo.

Las ganas de actuar consiguen que cada una de las células de tu cuerpo vibren de energía y cuando levantas la vista lo ves. Un objeto aparentemente inofensivo de un valor muy personal. Nunca fuiste de esas personas que siembran venganza al perder una pelea, pero un golpe injusto siempre se merece una respuesta. Intentas ser racional. Pensar tu siguiente paso con el fin de evitarte los futuros arrepentimientos, pero duele demasiado. La herida escuece tanto que te vuelves incapaz de escuchar la voz de la razón y entonces te levantas. Caminas hacia el objeto en cuestión y, lo observas, mientras lo sostienes.

Sin quererlo, ves su nombre escrito en la superficie y una sonrisa maliciosa asoma por la comisura de tus labios. Es perfecto. Todavía no sabes qué te está pasando pero necesitas hacerlo. No encontrarás un momento mejor. Es la oportunidad perfecta para dejarle en el pasado y lo haces. Destrozas tus ilusiones que todavía quedaban bajo a superficie de los castillos de aire ya destruidos y te sientes mejor. No piensas olvidar esa herida porque sabes que solo ella conseguirá que sigas adelante sin pensar en lo que acaba de pasar. Puede que te arrepientas más adelante, pero sabes que has hecho lo que deberías, que ese acto te ha protegido de un dolor futuro, aun sabiendo que acabas de sembrar odio en ese lugar en el que, hace un momento, habitaba la esperanza. 

Cortando cuerdas

Dicen que el lenguaje, tanto escrito como hablado, es una forma de terapia. Supongo que por eso siempre vuelvo a teclear buscando olvidarme de algún suceso. Aquí no me tengo que preocupar por el tiempo que me vaya a llevar mi discurso, puedo llorar libremente sin preocuparme por no incomodar a los demás. Estar a solas con tus pensamientos te da una perspectiva única y, muchas veces, es lo que más necesitas, más allá que los consejos que te puedan dar, pero si no quieres, seguirás viendo la realidad que más te agrade.

Y yo… yo me estoy cansando de estar cargando con responsabilidades que no son mías ni que pedí que se me entregaran. Llega un punto en el que te das cuenta de que estás dando mucho más de ti de lo que la persona jamás de llegará a dar y entonces dices basta. Considero afortunada a toda esa gente que consigue desprenderse pronto de esas relaciones a la inversa en las que uno siempre se arrastra detrás de otro, cuando intentas hacerle tanto sitio al otro en tu vida (porque este de normal suele traer demasiadas cosas suyas, incapaz de elegir las más importantes) que terminas echando la cordura, el orgullo y, con el tiempo, incluso el amor propio. Las malditas esperanzas no te dejan ver toda la realidad y sigues esperando que te tienda una mano para levantarte del suelo o, al menos, que baje a la misma altura, que por una santa vez, se trague su orgullo mostrando que está dispuesto a hacerlo, a hacerlo por ti, tantas veces como haga falta, sin que aquello le llegue a perjudicar claro está.

Harta. Estoy harta de niñatos que solo piensan en sí mismos, que se dejan llevar por la emoción fingiendo tener en cuenta las consecuencias y, cuando todo llega a su fin, se marchan como si nada, cerrando la puerta y dejándote en medio de una habitación destruida por el caos que reinaba vuestra relación. ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo coño encuentro mi corazón dentro de ese desastre? Al principio lo intentas. De hecho, incluso llegas a poner en su sitio algunas de las cosas, recuerdos que todavía crees posibles de revivir y allí te quedas, esperando, tirada en el suelo, sorbiendo los mocos mientras un brillo sutil no deja de cruzarte las pupilas. Sigues ilusionada. Como una idiota. Como una tonta que ha dejado entrar al remolino de sensaciones en su vida esperando que este quisiera quedarse.

El tiempo pasa y nada cambia. Te empiezas a aburrir de estar encerrada en una habitación tan caótica. Te levantas y empiezas a pasear, repasas los detalles que te han llevado a ese lugar mientras no dejas de llamarte estúpida. Reconoces que fue el descontrol y esa sensación de imprevisibilidad las que te atrajeron allí. Pero ahora, ¿qué es lo que te queda? No. No puedes seguir esperando algo que, en el fondo, sabes que te queda demasiado grande. No puedes controlarlo y recuerdas las veces en las que eso te golpeaba con fuerza.

Poco a poco empiezas a ver las cosas de otra manera. Recuerdas que, más allá de aquella habitación, hay un mundo completamente diferente. Y te preguntas si podrías marcharte. En el fondo, una voz te recuerda que jamás podrás acostumbrarte al desastre de aquella habitación y tu mano se posa sobre el pomo de la puerta mientras que la vas abriendo despacio, dejándote un margen para pensar las cosas de nuevo, para evitar las futuras decepciones. Te das la vuelta y revisas de nuevo el contenido que encierran esas cuatro paredes. Hay tantos recuerdos concentrados que podrían pasar años clasificando su contendido. Ni siquiera tú llegaste a entender algunas de las cosas que allí pasaron y sonríes al pensar que será casi imposible para los demás.

Justo al salir te acuerdas de que todavía no has encontrado a tu corazón, pero ya no tienes ganas de buscarlo. Hay una voz de fuera que te está llamando. Te recuerda que fuera estarás a salvo y que estará contigo si pasara algo. Aquello te llena de confianza y coges aire por la boca. Sí. Debería hacerlo de una vez por todas.

De pronto, te fijas en aquello que llevas y te das cuenta de ese par de cuerdas que te cruzan las muñecas cual esposas. Más recuerdos. Esos que a la vez que agradables son dolorosos. Dudas por un instante pero luego, te fijas en aquello que está esparcido por el suelo. Un montón de trozos de ilusiones que ahora, tan rotas, podrían cortar cualquier cosa. Te agachas y coges un trocito. Sí. Eso servirá y poco a poco empiezas a pasarlo por la cuerda que cubre tus muñecas.

Cuando un filo de sangre empieza a caer por un de tus dedos te das cuenta de que la cuerda casi está rota, pero que no podías evitar ese dolor al cortar un último lazo con el pasado. Ahora por fin está todo.

Te vuelves a levantar. De nuevo, como siempre haces, echas la vista atrás y te despides de aquella realidad. Terminas de abrir la puerta y sales con un paso decidido. Se acabó. Acabas de dejar atrás todo lo que te relacionaba con ese pequeño cuartucho que tantos pedazos de ti se han quedado. Todas esas esperanzas, los sueños, el amor propio, el orgullo perdido… incluso, y curiosamente, es lo que menos te importa, tu corazón.

Es hora de empezar de nuevo. De crear nuevas ilusiones a prueba de balas, de quererme más que nunca, de ser orgullosa de aquello que hago y, lo que es más, de aquello que no he llegado a ser bajo toda esa presión. Lo que más importa ahora es que sigo entera y con eso… con eso, según tengo comprobado, se pueden lograr muchas cosas.

Paso de perder mi tiempo en gente que me utilizara cuando le venga en gana. Se acabó. Compartiré mi tiempo con aquellos que lo merezcan, que no ejerzan su poder por medio de la manipulación.

Pensé que todo esto me rompería, pero ahora creo que me iba rompiendo poco a poco estando en esa habitación. Eché demasiadas cosas para hacerle sitio, pero se acabó. No dejaré que me traten así. Y la falta del corazón… bueno, en algún momento, supongo que volveré para recuperarlo, dispuesta a entregarlo a una persona que sepa cuidarlo, de protegerlo como ni siquiera yo misma he llegado a hacer, pero de momento y como ya me he repetido unos cientos de veces, seré yo quién mate monstruos por mí. 


Ah, faltaría decir que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

martes, 16 de septiembre de 2014

Bajo la luz de las farolas

Era el escenario perfecto. Anochecía. Cada vez pasaba menos gente por las callejuelas de alrededor mientras que nosotros… nosotros estábamos a la deriva de nuestros pensamientos. Desde siempre adoraba esos ratos en los que nos podíamos acunar en los miedos más profundos o las ilusiones de lo más variopintas. Sabía que mis confidencias estarían seguras entre nuestros cuerpos, por ello volvía a abrir la boca para confesarle algún que otro secreto mío. Era como crear una pared de comprensión. Jamás me reprochó nada. Su mirada nunca se llenaba de incomprensión mientras escuchaba otra historia que la vida que había hecho experimentar.


Todavía recuerdo esos ojos castaños capaces de crear un rincón de confianza en el que tanto me gustaba refugiarme. Dios… con él me podía permitir equivocar porque sabía que, aun arrepintiéndome, esa experiencia me permitiría hacerme más fuerte.


Lo mejor de todo era la mutualidad de esa complicidad. Cuando comenzaba a contarle algo íntimo no dejaba de mirarme a los ojos. Me fascinaba ese poder de recreación, esa confianza que depositaba en mí. De vez en cuando, percibía un tic involuntario o una sonrisa nerviosa delataba su preocupación entonces comprendía realmente el esfuerzo que hacía por contármelo. Y, quieras o no, esos gestos son difíciles de pasar por alto. No hay nada más valioso que el instante en el que una persona desnuda su alma, mostrando todas y cada una de sus debilidades, confiando plenamente en ti. 

viernes, 29 de agosto de 2014

Lo valiente...

Lo valiente no es olvidarte del dolor, ignorarlo y tratar de ocupar tus pensamientos con un pasatiempo cualquiera. Lo valiente es aceptar ese dolor que viene como una ola y arrasa con todo a su paso. Lo valiente es llorar, pero no escondiéndote, sino mostrando tus sentimientos, aceptando tu humanidad, sabiendo que volverás a recomponerte. Lo valiente no es tratar de tapar los huecos de tu vida con lo primero que se te ocurra. Lo valiente está en saber escoger aquello que te define. Lo valiente es dudar pero siempre acabar actuando de forma prudente. Lo valiente no es luchar, pero tampoco huir. Lo valiente es resistir cuando se requiere, marcharse cuando las razones son sólidas o luchar si todavía tenemos fuerzas. Lo valiente no es gritar a los cuatro vientos el haber perdido algo. Lo valiente es aprender de la vida. Lo valiente es que cada paso aumente nuestra sabiduría. Lo valiente es saber lo que quieres. Lo valiente es demostrarte que puedes ser mejor que el día anterior. Lo valiente es ir hacia tu meta.

Lo valiente no es buscar a alguien que te proteja de todas las adversidades. Lo valiente es aprender a hacerlo por ti mismo. Lo valiente es matar a tus propios monstruos. 

lunes, 18 de agosto de 2014

Tras un autobús

Son curiosos algunos de los razonamientos que realizamos a lo largo del día. Muy a menudo cruzamos calles en lugares donde los pases de cebra nunca se han visto, atravesamos rotondas florales creando un sendero allí donde antes había plantadas flores y corremos tras un autobús a punto de marchar. Parece que no nos gusta esperar en exceso, que esos segundos (porque son segundos) los que perdemos al tener que rodear un par de arbustos tan ingeniosamente plantados son extremadamente valiosos. En esencia, nos pasamos la vida corriendo de un lugar para otro. El ritmo de vida es cada vez más vertiginoso, pero luego… luego pasan años sin que le recordemos a la persona que tenemos al lado lo valiosa que es. No corremos para abrazar a alguien a no ser que ya sea demasiado tarde… corremos para coger un tren.

Nos preocupamos por no saltarnos nuestra parada y, antes de que pase, pedimos al conductor que recuerde parar, por otro lado, muchas veces, ni siquiera levantamos la voz para decirle a alguien que le queremos. Siempre tendremos tiempo para eso, siempre podremos decírselo, este no es el momento adecuado… y con ese razonamiento seguimos adelante. Duele admitirlo pero, muchas veces, ese pensamiento choca contra ataúdes, aviones a punto de despegar o banales despedidas que nunca se convierten en un nuevo “hola”. Es justo en ese momento cuando llega el arrepentimiento y empiezas a repasar las últimas cosas que te dijo alguien, como queriendo demostrarte que, en el fondo, no perdiste el tiempo.

Quizá deberíamos invertir nuestra prisa en cosas más importantes, más humanas… ¿Desde cuándo apareció la estúpida convicción de esperar para decir que quieres a alguien? Algunos incluso se prometen no decirlo si no se lo dicen antes… Nosotros mismos nos estamos poniendo límites, nos frenamos en seco antes de decir lo que sentimos y, mientras tanto, ni siquiera nos permitimos llegar tarde para coger un simple metro.

Por desgracia nos damos cuenta demasiado tarde de que habría que correr tras personas, no callarnos las cosas buscando el mejor momento posible porque el mejor momento es el presente. ¿Por qué? Porque es lo que tenemos, porque nadie nos puede asegurar de que el futuro nos vaya a alcanzar. Y no sé vosotros, pero ya no estoy dispuesta a correr ese riesgo. 

lunes, 4 de agosto de 2014

Pequeños grandes detalles

Quizá el amor se encuentre en aceptar las pequeñas manías de cada uno. Esperar a que se eche sus tres cucharaditas de azúcar tan bien medidas, que desenvuelva el regalo a la velocidad de un caracol, que no pueda evitar levantar una comisura de los labios haciendo una mueca cuando esté tenso, que sin querer arrastre la arena que tiene bajo sus pies tumbado en la playa… juro que en ese momento no puedo evitar sonreír. Sin esos pequeños detalles no sería igual. Y hay más, claro que hay más. Cosas como ser incapaz de no mirarse al espejo con la expresión de desaprobación, pellizcarse la nariz mostrando desacuerdo casi sin buscarlo, peinarse el flequillo hacia arriba de modo que siempre quede de la misma forma, darse golpecitos en los bolsillos del pantalón comprobando si lo lleva todo… Parece que cada persona tiene su forma de “identificarse”. Me pregunto cuál es la mía, aunque supongo que habrá muchas, dependiendo de con quién hable.

Creo que esas cosas es lo que realmente nos hace ser auténticos, porque en esos momentos somos reales, imperfectos… cuando convives con alguien mucho tiempo dejas de percibir esas pequeñas señales de su verdadero ser, supongo que te acostumbras a aceptarlas como parte de la persona cosa que, en esencia, es así; quizá por eso no sueles recordarlos cuando la persona se marcha de tu vida. Recuerdas “grandes gestos”, aquello que de verdad te marcó de alguna forma. Si te paras a pensar y separas aquello que recuerdas de los pequeños detalles te darás cuenta de su real importancia. Es como si te atravesaran por dentro, de pronto te das cuenta de que aquello es lo que cuenta, de que sin darte cuenta eso es lo que hace que sientas algo por la persona que tienes al lado. 

viernes, 11 de julio de 2014

Miradas envejecidas

Miró el cristal que, a pesar de una capa bastante profunda de polvo, lograba reflejar su rostro. Lo primero que divisó fue la intensidad de su mirada. Ni siquiera ella podía acostumbrarse a esos ojos que nunca dejaban de escrutar todo que se encontraba a su paso. Siguió estudiando sus pupilas, hundiendo toda su atención en lo más profundo de las mismas como si aquello pudiese revelarle quién era realmente. Lo cierto es que esa pregunta lograba perturbarla incluso en los momentos más apacibles. ¿Quién era realmente? Volviendo la atención sobre sus ojos, se paseó por el contorno de los mismos, acariciando cada pestaña, fijando el filo de su mirada sobre uno de sus lagrimales mientras se esforzaba por no cuantificar el número de lágrimas que habrán nacido allí.

Segundos después, centró la atención sobre su delgada nariz bajando, poco a poco, a sus labios. Al mirarlos de cerca pudo percibir su rigidez, señal de tensión interior que trataba de ocultar a toda costa. Más abajo, paseando por la barbilla, subió su mirada por cada uno de los contornos de su rostro, ovalado y, quizá, demasiado delgado para el gusto de muchos.

Poco a poco, buscando una imagen más entera, se forzó a observarse sin caer en la parquedad de detalle. Necesitaba verse desde otra perspectiva. Sabía que las cosas habían cambiado. Conocía de sobra su aspecto, pero en aquel instante toda su fragilidad interior requería un estudio casi milimétrico de su aspecto. ¿Quién era? Es como si su aspecto exterior le pudiese contestar a esa pregunta. Confiaba en poder esclarecerlo un poco más de aquella forma, aun conociendo la falta de límites de su propia ingenuidad.

Un segundo después, preparando su interior para el más absoluto fracaso, con un atisbo de sorpresa percibió algo diferente. En contraste con sus rasgos infantiles, sus ojos clamaban madurez, tan exacta e inconfundible. 

jueves, 10 de julio de 2014

El poder magnético del filo de su mirada

Era, sin saberlo, la única persona capaz de hacerme volver, de recapacitar, de olvidarme del asqueroso orgullo tratando de hablarle de nuevo. Era como estar atada sin estarlo, como si lo necesitara sin buscarlo. Sentía que, a pesar de nuestras diferencias, no era lo suficientemente fuerte como para alejarme del filo de esa mirada tan suya. Su manera de querer era tan diferente que, a menudo, puede que demasiado, me preguntaba si aquello era realmente lo que buscaba. Por ello, muchas veces decidía tirarlo todo por la borda y me alejaba de forma silenciosa, sin decirle nada, sin decirme nada como si supiese que el poder magnético que él ejercía sobre mí me impediría marcharme. Y es que ya he perdido la cuenta de mis famosas idas y venidas que tan solo yo conozco, ni la cantidad de veces que he dado las gracias a ese silencio que me acompañaba fuera de sus dominios porque, de esa forma, me permitía volver a aquel punto en el que su mirada me rozaba la piel. Aquellos instantes, en los que luchaba contra los invisibles hilos que me unían a él, estaban plagados de indecisión, de rabia e impotencia. Era como buscar ser libre y, al mismo tiempo, echar de menos esa jaula que llevaba mi nombre.

martes, 8 de julio de 2014

Sonrisas enlatadas

Y antes de marcharse me pidió que grabara el sonido de su risa. Supongo que temía volver a olvidar cómo se hacía y yo no pude negarme el gusto de guardar algo tan íntimamente suyo. Debo confesar que en el fondo aquella promesa de conservar el sonido de su alegría ardía de esperanza. Quería verla de nuevo y estaba dispuesto a convertirme en el guardián de sus sonrisas enlatadas. En el fondo tan solo esperaba que regresara junto a mí. Con el tiempo comencé a perder la esperanza y ahora… ahora temo que algún otro le haya enseñado cómo sonreír de nuevo, con una risa nueva, convirtiéndola así en una completa desconocida para mí.

Fortaleza ajena

Hay cosas hechas para admirarlas. Pueden ser inventos, acciones o, incluso, intenciones. Lo cierto es que una de las cosas que más me atrae la atención, que mayor interés me despierta y consigue dar a luz a la fascinación es la fortaleza. No puedo pasar de lado al percibir un  atisbo de fuerza, aquella que consigue reunir todos los pedazos de ti, por muy rotos y separados que se encuentren, para volver a ponerlos en el camino correcto. Quizá esa sensación de admiración bañada en las miradas embobadas tenga un poco que ver con la comprensión, conociendo lo que siente la persona que observo o, puede, que se trate de una búsqueda exhausta de una señal, un pilar sólido que me demuestre que, a pesar de las adversidades, hay gente que consigue avanzar a través de la penumbra.

Supongo que nunca sabré con total certeza cuál de los dos motivos predomina, pero creo que esta es una de las pocas cosas que no quiero averiguar. Tan solo quiero seguir experimentando esa sensación de asombro porque, de alguna forma, es una razón más para luchar por lo que quiero, porque cada uno tiene sus debilidades pero, sin más miramientos a las dificultades venideras, es capaz de dar otro paso, conociendo a la perfección el motivo de sus actos, buscando su meta, aprendiendo a dosificar el aire que respira. 

miércoles, 25 de junio de 2014

Ilusiones traspasadas

Con el tiempo te das cuenta de que estás harta de las desilusiones que una por una se van clavando en tu corazón. Estás harta de pasar otra vez por lo mismo porque podrías describir a la perfección la sensación que se siente. El dolor tan horriblemente familiar se te atraganta a medida que te intentas convencer de que lo que ves, lo que sientes, lo que respiras, está bien. Que las cosas son como son y poco puedes hacer. Algunos te intentan convencer de que deberías dejar de ilusionarte tanto. De que las cosas nunca serán como tu cabeza te las pinta. Y, en ocasiones, solo durante una milésima de segundo intentas creerlo. Te alejas de tu mundo de fantasía y pones los pies en la tierra. Pero, ¿sabes qué? enseguida notas la falta de esa transmundana fantasía que te hacía sonreír cuando tenías ganas de hacerlo, pero también cuando no. Y es que eres así, estás hecha para dejar volar la imaginación e ilusionarte con lo que está por venir. Y sí, no vas a dejar de repetirte que eres tonta cuando tus más profundos sueños se estrellen contra la cruda realidad, pero la mayoría del tiempo aquello te da igual. Por alguna razón necesitas refugiarte en un mundo donde veas que las cosas pueden ir mejor. Y, por ello, no quieres abandonarlo.

A medida el número de las desilusiones inclina la balanza hacia el pesimismo te replanteas tu forma de ser. ¿Estoy haciendo bien dejando volar la imaginación? ¿Debería ser más realista? Un montón de dudas forman un precioso nudo que te acompaña allá donde vayas. Siempre en el pecho. Esa horrible sensación de espeso agobio que no te deja respirar en paz. Quieres estar bien. En esos momentos, cuando parece que nada de que lo te ocurre tiene solución, se te ocurre una salida perfecta. La voz de la razón por fin se despierta y te hace medir mejor las cosas. Y entonces te das cuenta de que no podrás seguir mucho así, de que siempre habrá promesas que no se llegarán a cumplir, de que no todo lo que te digan se convertirá en la realidad que tú vayas a vivir. Sí, tú, porque quizá otra persona sí que llegue a vivirla. Quizá algunas palabras que nos son dirigidas en realidad se dicen con demasiada antelación, ¿qué pasa si son destinadas a otra persona?

lunes, 23 de junio de 2014

El renacer buscado

Y de nuevo vuelvo aquí, tratando de enterrar una parte de mi alma rota esperando que, tarde o temprano, el tiempo cure las heridas que yo misma me decidí hacer.

Reflexiones bañadas en lágrimas

Ya me extrañaba a mí estar tan bien. Ahora noto como, bajo las toneladas de quehaceres e ilusiones nuevas, el dolor sigue allí. Sale entre los renglones que dejan todas aquellas cosas de las que me ocupo para no pensar. Sabía que no podía ser tan fácil. Pero sentirlo ahora, de la forma más inesperada duele todavía más. El ardor que se centra en mi pecho abrasa cada bocanada de aire que tomo y este se difunde lentamente por todas las células de mi cuerpo. Quiero gritar, pero sé que nadie me entendería. Se trata de algo mío, algo invisible ante los ojos de los demás y, por ello, duele más. Siempre duele más cuando hay incomprensión de por medio. Cuando necesitas contar qué te pasa para entender un poco ese dolor que atraviesa tu cuerpo, pero ves que nadie se para a mirarte. Que mucha gente pasa de largo y tú… tú nunca fuiste de esas personas que mendigan atención. Desde siempre fuiste más independiente de aquello que te puedan “oír”. De nuevo vuelves a tu necesidad más básica, aquella que te permite desahogarte aunque sea un poco y limpiar el aire que estás a punto de inspirar. Escribir. Sí, eso es justo lo que necesitas ahora mismo. ¿Cómo he llegado a este punto? La respiración se acelera y comienzas a teclear con más rapidez. Necesitas sacarlo todo, quitarte los oscuros pensamientos que confunden lo que sientes. Siempre es igual. De pronto dejas de saber quién eres y te concentras en evitar caer ante la realidad que se te presenta. El dolor, o más bien la fuerza de los recuerdos, tiene una curiosa habilidad de debilitarte por completo. Te deja a la merced de la inseguridad, la impotencia y el agobio.

Por suerte sabes la mejor medicina para paliar un poco las heridas que dejan los recuerdos al removerse por tu corazón. Escribir. De nuevo sientes esa imperiosa necesidad de acunarte en una hoja en blanco. Sabes que es la única cosa en este mundo que te escuchará sin dar su opinión, sin juzgar, absorbiendo de forma constante tus pensamientos, dejándote espacio para nuevos sueños, ilusiones y alguna que otra sonrisa si lo apuras.

El ardor se ha convertido en presión que lentamente te saca el aire de los pulmones. Irónicamente y sin un objetivo claro, te preguntas qué sensación preferirías. Pero lo más curioso de todo es que realmente te lo planteas. Respondes a la cuestión pensando que desearías volver a la sensación de ardor. En el fondo sabes que no podrías elegir entre las dos, que son igual de horribles. Siempre preferimos aquello que no tenemos, aunque sea dolor, porque nos parece más lejano, menos nocivo… pensamos que la sensación que no experimentamos es menos dolorosa, pero en el fondo sabemos que si llegásemos a sentirla de nuevo anhelaríamos esa presión que se concentra en el centro del pecho, que aprieta tan fuerte que llega a llenarte lágrimas de los ojos. Y te das cuenta de que no soportas más. De que necesitas liberar lo que sientes. Quieres derramar esas lágrimas que se acumulan con cada recuerdo que se niega a ir y empiezas a ver las teclas de forma borrosa. Una, otra y otra. Sienta bien. Por fin estás sacando algo al exterior. Aun duele, pero ahora ya no parece tan duro. Siempre me pregunté cómo funcionaba el poder curativo de las lágrimas. Es como sacar presión de dentro. Me gusta pensar que cada lágrima lleva un recuerdo roto, algo que jamás volverá a estar entero de nuevo. Es como despedirse de una parte de nosotros. Una parte que no volverá a sentir de nuevo.

Al centrarme en lo que siento noto que las dos sensaciones se han fundido. La ardiente presión se ha adentrado hacia el corazón comprando una parcela de forma permanente. Ahora el dolor proviene de dentro. Sientes que es menos intenso, pero no dejas que aquello te confunda. Sabes perfectamente que ese dolor dura más, que las dos primeras sensaciones indicaban que algo intentaba penetrar en los recovecos de tu corazón y, ahora, allí está. Y piensa quedarte y sabes que te costará mucho pagar ese precio para volver a ser la dueña de la pequeña parcelita que ahora ocupa el agobio y la agonía. Sabes que no pudiste hacer nada cuando el dolor se abría paso a través de tu escudo personal. Nadie es tan fuerte como para soportar el dolor de los sentimientos. Esa frase acaba de llevarme a una reflexión. Sé que hay gente más fuerte, que no se deja herir por los sentimientos o recuerdos rotos, pero entonces me doy cuenta de que eso se debe a que nunca fue capaz de sentirlos. Cuando nos abrimos al amor nos hacemos más vulnerables al dolor. Es una condición innegable. Aquel que dice no haber sufrido nunca no necesariamente miente, porque si lo pensamos más a fondo, quizá tiene razón, puede que nunca ha llegado a experimentar la sensación de completa pérdida, pero lo que puedo decir con seguridad es que tampoco ha sentido del todo el sentimiento de amor o el cariño. No puede existir lo uno sin lo otro.

Es como una forma de restablecer el equilibrio. Si quieres amar vas a sufrir. Es una decisión que, sin darnos cuenta, tomamos a diario. Puede que algunos digan que es un sinsentido. Otros pueden negarlo y tacharme de loca. Pero si lo piensas no estoy siendo partidaria de un sufrimiento elegido por uno mismo, no estoy siendo pesimista aunque lo pueda parecer. Tan solo digo que cuando decidimos con quién queremos estar, cuando regalamos una parcela en nuestra mente, sin quererlo decidimos por quién vamos a sufrir. Porque cuando encuentras a la persona adecuada te da igual sufrir por ella porque estás absolutamente seguro de que valdrá la pena, de que cada sonrisa, cada mirada, cada gesto, cada momento, cada despertar, cada beso y cada caricia le restarán valor a ese rasguño que de vez en cuando te propina la realidad. Por ello, a cada hora, a cada minuto, sin ser conscientes de ello, elegimos por quién estamos dispuestos a pasarlo mal en ocasiones y eso, en mi opinión, … ese es el precio verdadero de amar a alguien.