Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Infectada

Siento que estoy envenenada. Tantas cosas han pasado a lo largo de estos seis meses que, sinceramente, ahora mismo no sé quién soy, qué quiero o adónde me dirijo realmente. Dicen que para saber quién eres realmente debes perderte, pero olvidan decir que tan solo puedes contestar a esa pregunta en pasado porque cuando te vuelves a encontrar… ya no eres el mismo.

Lo remedios temporales no funcionan cuando la herida no termina de cicatrizar, cuando la infección se empieza a extender pero tú intentas tranquilizarte a toda costa, restándole importancia. Llega un momento en el que el corte que tú mismo te propinaste logra infectar un área más extensa y en ese momento despierta el miedo.
Estás a la deriva de la incertidumbre y no sabes hacia dónde dirigirte. De pronto, todos los aspectos de tu vida a los que les echas un ojo te parecen desperfectos, les falta algo y no sabrías decirte qué es. Resumiendo, estás en medio de algo que no quieres mantener.

Sabes que necesitas volver a encontrarte, volver a ilusionarte por la vida, pero para eso necesitas cortar algunos lazos con el pasado. Todavía no sé qué será lo que haré, pero el dolor es tal que me impide pensar con claridad. Necesito sacar todo el veneno que se lleva acumulando en mis tejidos todo este tiempo para poder volver a sentir. Lo peor de todo es que, aun en forma de toxina, me hace sentir más completa. Sé que está mal, pero una vocecita interior tiembla al tener que admitir que cuando me desprenda de toda esa infección será peor, me quedaré vacía. Pero luego, me obligo a pensar que, aunque cueste, necesitamos librarnos de algunas cosas del pasado para hacer un poco más de sitio a lo que está por venir. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Amotinamiento

En ocasiones el daño que sufrimos es tan grande que necesitamos devolver el golpe para restablecer el equilibrio. No puedes seguir absorbiendo esa presión que te empuja hacia atrás hasta llegar a sacarte todo el aire de los pulmones. Nunca más. Te lo prometiste hace tiempo y piensas cumplirlo. No piensas volver a pasar por un mal trago que consiga quemarte las entrañas cual ponzoña. Decides elegir con quién compartir tu intimidad y te alejas del murmullo de la gente que no consigue entenderte. Nadie fue capaz de hacerlo.

Las ganas de actuar consiguen que cada una de las células de tu cuerpo vibren de energía y cuando levantas la vista lo ves. Un objeto aparentemente inofensivo de un valor muy personal. Nunca fuiste de esas personas que siembran venganza al perder una pelea, pero un golpe injusto siempre se merece una respuesta. Intentas ser racional. Pensar tu siguiente paso con el fin de evitarte los futuros arrepentimientos, pero duele demasiado. La herida escuece tanto que te vuelves incapaz de escuchar la voz de la razón y entonces te levantas. Caminas hacia el objeto en cuestión y, lo observas, mientras lo sostienes.

Sin quererlo, ves su nombre escrito en la superficie y una sonrisa maliciosa asoma por la comisura de tus labios. Es perfecto. Todavía no sabes qué te está pasando pero necesitas hacerlo. No encontrarás un momento mejor. Es la oportunidad perfecta para dejarle en el pasado y lo haces. Destrozas tus ilusiones que todavía quedaban bajo a superficie de los castillos de aire ya destruidos y te sientes mejor. No piensas olvidar esa herida porque sabes que solo ella conseguirá que sigas adelante sin pensar en lo que acaba de pasar. Puede que te arrepientas más adelante, pero sabes que has hecho lo que deberías, que ese acto te ha protegido de un dolor futuro, aun sabiendo que acabas de sembrar odio en ese lugar en el que, hace un momento, habitaba la esperanza. 

Cortando cuerdas

Dicen que el lenguaje, tanto escrito como hablado, es una forma de terapia. Supongo que por eso siempre vuelvo a teclear buscando olvidarme de algún suceso. Aquí no me tengo que preocupar por el tiempo que me vaya a llevar mi discurso, puedo llorar libremente sin preocuparme por no incomodar a los demás. Estar a solas con tus pensamientos te da una perspectiva única y, muchas veces, es lo que más necesitas, más allá que los consejos que te puedan dar, pero si no quieres, seguirás viendo la realidad que más te agrade.

Y yo… yo me estoy cansando de estar cargando con responsabilidades que no son mías ni que pedí que se me entregaran. Llega un punto en el que te das cuenta de que estás dando mucho más de ti de lo que la persona jamás de llegará a dar y entonces dices basta. Considero afortunada a toda esa gente que consigue desprenderse pronto de esas relaciones a la inversa en las que uno siempre se arrastra detrás de otro, cuando intentas hacerle tanto sitio al otro en tu vida (porque este de normal suele traer demasiadas cosas suyas, incapaz de elegir las más importantes) que terminas echando la cordura, el orgullo y, con el tiempo, incluso el amor propio. Las malditas esperanzas no te dejan ver toda la realidad y sigues esperando que te tienda una mano para levantarte del suelo o, al menos, que baje a la misma altura, que por una santa vez, se trague su orgullo mostrando que está dispuesto a hacerlo, a hacerlo por ti, tantas veces como haga falta, sin que aquello le llegue a perjudicar claro está.

Harta. Estoy harta de niñatos que solo piensan en sí mismos, que se dejan llevar por la emoción fingiendo tener en cuenta las consecuencias y, cuando todo llega a su fin, se marchan como si nada, cerrando la puerta y dejándote en medio de una habitación destruida por el caos que reinaba vuestra relación. ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo coño encuentro mi corazón dentro de ese desastre? Al principio lo intentas. De hecho, incluso llegas a poner en su sitio algunas de las cosas, recuerdos que todavía crees posibles de revivir y allí te quedas, esperando, tirada en el suelo, sorbiendo los mocos mientras un brillo sutil no deja de cruzarte las pupilas. Sigues ilusionada. Como una idiota. Como una tonta que ha dejado entrar al remolino de sensaciones en su vida esperando que este quisiera quedarse.

El tiempo pasa y nada cambia. Te empiezas a aburrir de estar encerrada en una habitación tan caótica. Te levantas y empiezas a pasear, repasas los detalles que te han llevado a ese lugar mientras no dejas de llamarte estúpida. Reconoces que fue el descontrol y esa sensación de imprevisibilidad las que te atrajeron allí. Pero ahora, ¿qué es lo que te queda? No. No puedes seguir esperando algo que, en el fondo, sabes que te queda demasiado grande. No puedes controlarlo y recuerdas las veces en las que eso te golpeaba con fuerza.

Poco a poco empiezas a ver las cosas de otra manera. Recuerdas que, más allá de aquella habitación, hay un mundo completamente diferente. Y te preguntas si podrías marcharte. En el fondo, una voz te recuerda que jamás podrás acostumbrarte al desastre de aquella habitación y tu mano se posa sobre el pomo de la puerta mientras que la vas abriendo despacio, dejándote un margen para pensar las cosas de nuevo, para evitar las futuras decepciones. Te das la vuelta y revisas de nuevo el contenido que encierran esas cuatro paredes. Hay tantos recuerdos concentrados que podrían pasar años clasificando su contendido. Ni siquiera tú llegaste a entender algunas de las cosas que allí pasaron y sonríes al pensar que será casi imposible para los demás.

Justo al salir te acuerdas de que todavía no has encontrado a tu corazón, pero ya no tienes ganas de buscarlo. Hay una voz de fuera que te está llamando. Te recuerda que fuera estarás a salvo y que estará contigo si pasara algo. Aquello te llena de confianza y coges aire por la boca. Sí. Debería hacerlo de una vez por todas.

De pronto, te fijas en aquello que llevas y te das cuenta de ese par de cuerdas que te cruzan las muñecas cual esposas. Más recuerdos. Esos que a la vez que agradables son dolorosos. Dudas por un instante pero luego, te fijas en aquello que está esparcido por el suelo. Un montón de trozos de ilusiones que ahora, tan rotas, podrían cortar cualquier cosa. Te agachas y coges un trocito. Sí. Eso servirá y poco a poco empiezas a pasarlo por la cuerda que cubre tus muñecas.

Cuando un filo de sangre empieza a caer por un de tus dedos te das cuenta de que la cuerda casi está rota, pero que no podías evitar ese dolor al cortar un último lazo con el pasado. Ahora por fin está todo.

Te vuelves a levantar. De nuevo, como siempre haces, echas la vista atrás y te despides de aquella realidad. Terminas de abrir la puerta y sales con un paso decidido. Se acabó. Acabas de dejar atrás todo lo que te relacionaba con ese pequeño cuartucho que tantos pedazos de ti se han quedado. Todas esas esperanzas, los sueños, el amor propio, el orgullo perdido… incluso, y curiosamente, es lo que menos te importa, tu corazón.

Es hora de empezar de nuevo. De crear nuevas ilusiones a prueba de balas, de quererme más que nunca, de ser orgullosa de aquello que hago y, lo que es más, de aquello que no he llegado a ser bajo toda esa presión. Lo que más importa ahora es que sigo entera y con eso… con eso, según tengo comprobado, se pueden lograr muchas cosas.

Paso de perder mi tiempo en gente que me utilizara cuando le venga en gana. Se acabó. Compartiré mi tiempo con aquellos que lo merezcan, que no ejerzan su poder por medio de la manipulación.

Pensé que todo esto me rompería, pero ahora creo que me iba rompiendo poco a poco estando en esa habitación. Eché demasiadas cosas para hacerle sitio, pero se acabó. No dejaré que me traten así. Y la falta del corazón… bueno, en algún momento, supongo que volveré para recuperarlo, dispuesta a entregarlo a una persona que sepa cuidarlo, de protegerlo como ni siquiera yo misma he llegado a hacer, pero de momento y como ya me he repetido unos cientos de veces, seré yo quién mate monstruos por mí. 


Ah, faltaría decir que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

martes, 16 de septiembre de 2014

Bajo la luz de las farolas

Era el escenario perfecto. Anochecía. Cada vez pasaba menos gente por las callejuelas de alrededor mientras que nosotros… nosotros estábamos a la deriva de nuestros pensamientos. Desde siempre adoraba esos ratos en los que nos podíamos acunar en los miedos más profundos o las ilusiones de lo más variopintas. Sabía que mis confidencias estarían seguras entre nuestros cuerpos, por ello volvía a abrir la boca para confesarle algún que otro secreto mío. Era como crear una pared de comprensión. Jamás me reprochó nada. Su mirada nunca se llenaba de incomprensión mientras escuchaba otra historia que la vida que había hecho experimentar.


Todavía recuerdo esos ojos castaños capaces de crear un rincón de confianza en el que tanto me gustaba refugiarme. Dios… con él me podía permitir equivocar porque sabía que, aun arrepintiéndome, esa experiencia me permitiría hacerme más fuerte.


Lo mejor de todo era la mutualidad de esa complicidad. Cuando comenzaba a contarle algo íntimo no dejaba de mirarme a los ojos. Me fascinaba ese poder de recreación, esa confianza que depositaba en mí. De vez en cuando, percibía un tic involuntario o una sonrisa nerviosa delataba su preocupación entonces comprendía realmente el esfuerzo que hacía por contármelo. Y, quieras o no, esos gestos son difíciles de pasar por alto. No hay nada más valioso que el instante en el que una persona desnuda su alma, mostrando todas y cada una de sus debilidades, confiando plenamente en ti.