Hay momentos en los que nos
dejamos llevar por nuestros pensamientos, expresamos todas las cosas que se
pasan por nuestra cabeza en aquel instante pretendiendo ser lo más francos
posible. Lo conseguimos y entonces un sentimiento nuevo recorre nuestro pecho. La sensación nos hace
saber que hemos expresado con exactitud lo que pensábamos. Nos sentimos mejor,
como si aquello nos pudiera mostrar con más claridad ante los ojos de los
demás.
Instantes más tarde advertimos
que las cosas no van cómo pretendíamos, nuestra intención se enmascara entre
las líneas y solo quedan un puñado de palabras que dijiste sin pensar. Te
preguntas ¿por qué demonios has decidido actuar dejando atrás las consultas al
pensamiento racional? Y es cuando otra sensación recorre tu cuerpo, el sentimiento
de pesadez te hace revivir lo que acabas de hacer, repites una y otra vez las
palabras que soltaste en una bocanada y ves que nada de aquello cuadra. Sabes
el nombre de aquella sensación. Ese arrepentimiento llega a cada célula, pero
más ataca a tu cerebro. Sólo una pregunta persiste en el aire. ¿Por qué? Es
tarde para cambiar las cosas, aunque sabes que hace poco, aquellas palabras era
lo que necesitabas decir. Poco a poco, abandonas la idea de seguir
atormentándote, sabiendo que las cosas paran por alguna razón.








