Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

lunes, 10 de agosto de 2015

Recortando la noche

El silencio de la noche. El aire traspasaba suavemente las cortinas de la ventana mientras mi figura se hundía en el mullido sillón que cuero negro.

Adoraba estos instantes de tranquilidad cuando toda la ciudad parecía sumirse en un mar de calma y tan solo quedábamos un par de aventureros nocturnos dispuestos a apostar las horas de sueño por un par de ideas atrevidas.

Al repasar la fachada del edificio de enfrente un brillo fugaz captó mi atención. Un cigarro encendido en medio de la penumbra. No eran horas de andar despierto, aunque quién era yo para decirlo si tampoco había probado mi cama esa noche.

No se llegaba a adivinar el rostro de mi acompañante nocturno pero algo dentro de mí me convencía de que se trataba de un hombre. Otra alma solitaria tratando de encontrar consuelo en el manto de la noche.

La soledad se dispersó por la penumbra de la habitación cuando decidí encenderme otro cigarro a modo de compañía.

Al cabo de segundos, dos fuentes de luz de movían una frente a otra. Una comunicación inventada por dos personas que jamás se han conocido. Sabía que era imposible reconocernos de día y aquello me dio más valor para dar una calada más larga y, después, soltar todo el humo de dentro entremezclado con la acidez que tanto tiempo llevaba amargándome por dentro.

Mejor. Ahora estaba mejor. Tras aquello me fijé en el brillo de la ventana de enfrente. Mismo movimiento. Misma calada…

Parecíamos entendernos en nuestra extraña danza que lentamente nos iba apagando por dentro. Aunque ¿qué no nos envenenaba? A día de hoy todo es peligroso. Habrá gente que tenga otra opinión, que “fumar es peor que otro tipo de riesgos”. Quizá, aunque serán ignorantes que no hayan probado el sabor de la soledad. Esa que cuando aquella se acurruca en tu pecho consigue sacar todo lo bueno de tus adentros. Y la negrura de tu existencia, que permanecía dormida, se eleva salpicando incluso los recuerdos más inocentes.

Y solo quieres huir...

Quizá por ello las noches se atragantan tanto. Una dosis extra de oscuridad que cae de la nada y te aísla del mundo. Todos durmiendo. Luces apagándose una a una, noche a noche, hasta que terminas por aprender su orden de extinción.

Sientes envidia.

¿Por qué no puedes ser cómo ellos y resguardarte en el plácido mundo de los sueños?

Cada día la misma duda que no consigue dejarte tranquilo. Las ideas corroen tu mente hasta que vislumbras la misma luz de cada madrugada. Otro cigarrillo a la hora de siempre. Y repites tu ritual solo que ahora te acercas más a la ventana rezando para que se le vea un poco la cara. Un clic del mechero y tu cigarro también comienza a cortar la oscuridad de la noche.


La soledad cede y da un paso atrás…aunque solo sea durante un mísero cigarro.