Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

miércoles, 23 de enero de 2013

Supón...






Supón que eres yo. Imagina que estás cubierto de dolor. Respira y siente como cada movimiento te desgarra por dentro. Siente como las sólidas cadenas imposibilitan tu huida. Desea alejarte y quédate donde estás. Pierde la esperanza y deja de luchar. Suspira y admite que no vale la pena llorar. Deja de esforzarte. Entiéndeme. 

lunes, 21 de enero de 2013

El suspiro perdido


Quiero huir. Las garras del prejuicio me oprimen el pecho. El extraño dolor hace que eche de menos las viejas cicatrices. Vendí mi alma a causa de una corazonada. Quería ser libre, pero acabé perdiendo las alas. No quise escuchar a los demás y me aleje del suave murmullo de mi consciencia. Lo quería conocer. Quizá el error esté en reconocer que elegí un mal camino, un camino que me llevó a la senda de la destrucción.

Algo por susurrar.

Me sonrió. Me sentí indefensa. Quería huir de aquel lugar, pero algo me pedía quedarme. Sonreí. Sí, aquello era lo que quería. Estar entre sus brazos me reconfortaba. Todavía no lo entendía, pero quería ser más. Sí, solo yo lo entendía y bueno, quizá él. Amanecía. El dolor desapareció sin dejar rastro mientras contábamos las pocas estrellas que todavía quedaban en el firmamento. Me abrazó más fuerte y entonces lo noté. No quería soltarme, pero yo tampoco quería ser libre. Todo iba bien. Quería continuar así, dejarnos a la deriva de aquello que sentíamos sin preocuparnos por las opiniones ajenas. 

domingo, 20 de enero de 2013

Las huellas de un ser especial


Cada uno intenta dejar una huella en el mundo. Sin pensarlo, nos creemos más valiosos que otros por la simple necesidad de seguir existiendo. Nunca nos lo preguntamos, pero si no llegásemos a pensarlo no encontraríamos razones para vivir. ¿Para qué respirar si no puedes marcar una diferencia? ¿Será cierto que todos tienen una misión? ¿Podemos cambiar el mundo con una sola voluntad traducida a la acción?
Quizá nunca descubramos la respuesta, pero lo cierto es que siempre, aunque nunca lo mostremos, habrá algo que nos asegure por dentro que somos únicos, que tenemos un dos especial y que podemos hacer algo para cambiar las cosas. Puede que no lleguemos a actuar, pero el simple hecho de pensarlo nos hace seguir adelante, seguir con las ganas de conseguir algo, pero y lo que es lo más importante, seguir respirando libremente.
No dejas de vivir porque sabes que hay un potencial dentro de ti que puede suponer un cambio, un desvío o, simplemente, una precaución. Cada uno es consciente del poder que tiene, aunque a veces pase desapercibido. Nunca sabremos si cada uno es especial por un motivo concreto o si es el pensamiento sobre ser especial es lo que nos hace avanzar, en cualquier caso pienso hacer algo, actuar y cambiar las cosas, aunque tan solo sea una mera actuación por parte un pensamiento basado en el frío constructo de no extinción.

Mi elemento

En algún momento sientes que no puedes seguir así… por muy poco tiempo que tengas siempre buscarás un par de minutos para esto. Es difícil de describir aquello que no sabes qué es. Quizá deba rendirme a mis deseos sin importar lo que pueda suceder. No se puede explicar y puede que en ello se encuentre parte de la magia. Creo que no podría vivir sin esto.

Dicen que cada persona tiene su elemento, algo que le hace sentirse bien, algo que la hace feliz. Para mí es esto. He comprobado que no puedo existir sin una libreta y un papel. Me encantaría explicar esa sensación que habita en mí cada vez que decido escribir algo. Nunca te paras a pensarlo, pero el proceso por el cual todas las sonrisas y todas las lágrimas pasan a ser palabras es fascinante. Las emociones se intensifican al máximo mientras sientes que esto es lo que estabas buscando. Mis alas son estas. Esto es lo que me hace respirar con más libertad.
Soy consciente de que la mayoría de mis escritos no serán vistos por nadie, pero no busco eso. De alguna forma, tan solo necesito traducir todas aquellas miradas, gestos y suspiros que me marcaron. No puedo evitar emocionarme y es que para mí esto es un mundo, un mundo sin el que no podría vivir, un mundo que me limpia el aire que respiro haciéndolo más puro. Escribir es como un filtro que se queda con aquello realmente importante.

La vestidura ajena


Y otra vez el papel se convierte en la única cosa que confío. Parece que nunca podré escuchar a alguien sin probarme sus emociones… muchos dicen que es bueno y tan solo algunos se dan cuenta de la enorme carga que aquello supone. Las palabras se van, la gente se marcha, pero tú… tú te quedas pensando en lo que acabas de sentir. No, esas emociones no son tuyas, pero algo te hace creer que si, sucede cuando empiezas a relacionarlas con las cosas que has vivido, los recuerdos se enlazan con los sentimientos ajenos mientras te derrumbas ante el dolor. Nunca sabrás explicarlo, pero el dolor siempre se siente con más intensidad. Cada segundo se convierte en una tortura, quizá la causa se halle en el tiempo.