Ya me extrañaba a mí estar tan
bien. Ahora noto como, bajo las toneladas de quehaceres e ilusiones nuevas, el
dolor sigue allí. Sale entre los renglones que dejan todas aquellas cosas de
las que me ocupo para no pensar. Sabía que no podía ser tan fácil. Pero
sentirlo ahora, de la forma más inesperada duele todavía más. El ardor que se
centra en mi pecho abrasa cada bocanada de aire que tomo y este se difunde
lentamente por todas las células de mi cuerpo. Quiero gritar, pero sé que nadie
me entendería. Se trata de algo mío, algo invisible ante los ojos de los demás
y, por ello, duele más. Siempre duele más cuando hay incomprensión de por
medio. Cuando necesitas contar qué te pasa para entender un poco ese dolor que
atraviesa tu cuerpo, pero ves que nadie se para a mirarte. Que mucha gente pasa
de largo y tú… tú nunca fuiste de esas personas que mendigan atención. Desde
siempre fuiste más independiente de aquello que te puedan “oír”. De nuevo
vuelves a tu necesidad más básica, aquella que te permite desahogarte aunque
sea un poco y limpiar el aire que estás a punto de inspirar. Escribir. Sí, eso
es justo lo que necesitas ahora mismo. ¿Cómo he llegado a este punto? La
respiración se acelera y comienzas a teclear con más rapidez. Necesitas sacarlo
todo, quitarte los oscuros pensamientos que confunden lo que sientes. Siempre
es igual. De pronto dejas de saber quién eres y te concentras en evitar caer
ante la realidad que se te presenta. El dolor, o más bien la fuerza de los
recuerdos, tiene una curiosa habilidad de debilitarte por completo. Te deja a
la merced de la inseguridad, la impotencia y el agobio.
Por suerte sabes la mejor
medicina para paliar un poco las heridas que dejan los recuerdos al removerse
por tu corazón. Escribir. De nuevo sientes esa imperiosa necesidad de acunarte
en una hoja en blanco. Sabes que es la única cosa en este mundo que te
escuchará sin dar su opinión, sin juzgar, absorbiendo de forma constante tus
pensamientos, dejándote espacio para nuevos sueños, ilusiones y alguna que otra
sonrisa si lo apuras.
El ardor se ha convertido en
presión que lentamente te saca el aire de los pulmones. Irónicamente y sin un
objetivo claro, te preguntas qué sensación preferirías. Pero lo más curioso de
todo es que realmente te lo planteas. Respondes a la cuestión pensando que
desearías volver a la sensación de ardor. En el fondo sabes que no podrías
elegir entre las dos, que son igual de horribles. Siempre preferimos aquello
que no tenemos, aunque sea dolor, porque nos parece más lejano, menos nocivo…
pensamos que la sensación que no experimentamos es menos dolorosa, pero en el
fondo sabemos que si llegásemos a sentirla de nuevo anhelaríamos esa presión
que se concentra en el centro del pecho, que aprieta tan fuerte que llega a
llenarte lágrimas de los ojos. Y te das cuenta de que no soportas más. De que
necesitas liberar lo que sientes. Quieres derramar esas lágrimas que se
acumulan con cada recuerdo que se niega a ir y empiezas a ver las teclas de
forma borrosa. Una, otra y otra. Sienta bien. Por fin estás sacando algo al
exterior. Aun duele, pero ahora ya no parece tan duro. Siempre me pregunté cómo
funcionaba el poder curativo de las lágrimas. Es como sacar presión de dentro.
Me gusta pensar que cada lágrima lleva un recuerdo roto, algo que jamás volverá
a estar entero de nuevo. Es como despedirse de una parte de nosotros. Una parte
que no volverá a sentir de nuevo.
Al centrarme en lo que siento
noto que las dos sensaciones se han fundido. La ardiente presión se ha
adentrado hacia el corazón comprando una parcela de forma permanente. Ahora el
dolor proviene de dentro. Sientes que es menos intenso, pero no dejas que
aquello te confunda. Sabes perfectamente que ese dolor dura más, que las dos
primeras sensaciones indicaban que algo intentaba penetrar en los recovecos de
tu corazón y, ahora, allí está. Y piensa quedarte y sabes que te costará mucho
pagar ese precio para volver a ser la dueña de la pequeña parcelita que ahora
ocupa el agobio y la agonía. Sabes que no pudiste hacer nada cuando el dolor se
abría paso a través de tu escudo personal. Nadie es tan fuerte como para
soportar el dolor de los sentimientos. Esa frase acaba de llevarme a una
reflexión. Sé que hay gente más fuerte, que no se deja herir por los
sentimientos o recuerdos rotos, pero entonces me doy cuenta de que eso se debe
a que nunca fue capaz de sentirlos. Cuando nos abrimos al amor nos hacemos más
vulnerables al dolor. Es una condición innegable. Aquel que dice no haber
sufrido nunca no necesariamente miente, porque si lo pensamos más a fondo,
quizá tiene razón, puede que nunca ha llegado a experimentar la sensación de
completa pérdida, pero lo que puedo decir con seguridad es que tampoco ha
sentido del todo el sentimiento de amor o el cariño. No puede existir lo uno
sin lo otro.
Es como una forma de restablecer el equilibrio. Si quieres amar
vas a sufrir. Es una decisión que, sin darnos cuenta, tomamos a diario. Puede
que algunos digan que es un sinsentido. Otros pueden negarlo y tacharme de
loca. Pero si lo piensas no estoy siendo partidaria de un sufrimiento elegido
por uno mismo, no estoy siendo pesimista aunque lo pueda parecer. Tan solo digo
que cuando decidimos con quién queremos estar, cuando regalamos una parcela en
nuestra mente, sin quererlo decidimos por quién vamos a sufrir. Porque cuando
encuentras a la persona adecuada te da igual sufrir por ella porque estás
absolutamente seguro de que valdrá la pena, de que cada sonrisa, cada mirada,
cada gesto, cada momento, cada despertar, cada beso y cada caricia le restarán
valor a ese rasguño que de vez en cuando te propina la realidad. Por ello, a
cada hora, a cada minuto, sin ser conscientes de ello, elegimos por quién
estamos dispuestos a pasarlo mal en ocasiones y eso, en mi opinión, … ese es el
precio verdadero de amar a alguien.