Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

lunes, 10 de noviembre de 2014

De jaulas y barrotes...

Parece que esté buscando una forma de quedarme a solas. No dejo de alejarme de la gente siempre que puedo. Es como si necesitara quedarme con mi dolor. Las situaciones sociales llegan a agobiarme y cuando la compañía pasa de una persona me mareo. Todavía no entiendo qué me pasa. Puede que no me haya terminado de encontrar o, por el contrario, puede que  esté huyendo de la persona en la que me he convertido. ¿Quién sabe? Tan solo necesito una parcela donde pueda ser libre, ponerme los cascos y no pensar en nada que no sea la tarea que tengo delante. Creo que es eso. Mantener conversaciones se está haciendo tan pesado porque requiere recordar cosas, cosas que trato de dejar atrás al menos por un tiempo.

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