Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Demonios personales

Inseguridades, temores infundados y dudas que te corroen por dentro como un par de ratas hambrientas. Vamos por la vida con el miedo de que ocurra algo que ni siquiera tenemos la certeza de vivir. El agobio de vivir algo jamás experimentado va cerrando algunas puertas a medida que nos arrincona en la oscura habitación compartida con la soledad. Lo peor de todo es que muchos se llegan a acostumbrar a esa sensación de ahogo que a menudo nos aprisiona quitándonos todo el aire.

Los miedos tienen un poder increíble y más si dejamos de luchar contra la absorbente sensación de vacío interior. Olvidamos que el temor forma parte de una realidad alternativa que, casi seguro, no experimentaremos.

Cada uno tiene sus propios demonios. Ya desde el momento de nacer y hasta la muerte vamos luchando contra un millón de cosas que nos asustan, que nos revuelven el estómago o, simplemente, nos paralizan. Tan diferentes y tan iguales. La sociedad actual nos presiona para convertirnos en individuos fuertes y valientes. Nos prohibimos a sentir el miedo y ante cualquier muestra, por muy imperceptible que sea, de temor que muestre alguien, lo tachamos de débil.

¿Acaso la debilidad es tan mala? En mi opinión el temor sirve para seguir avanzando, como un obstáculo más, como una piedra en el camino hacia la mejora personal. Y no, permítame decir que reconocer los miedos no nos hace ser inferiores. Al contrario. La valentía es una cualidad bastante olvidada en esta sociedad de usar y tirar. Cada error se toma como una sentencia de muerte y así vamos por la vida, convirtiéndonos en perfectas máquinas persiguiendo la perfección.

Lo cierto es que la superación de un miedo es algo increíble. Solo quienes lo hayan experimentado sabrán de qué les estoy hablando. La valentía te da poder, poder para recuperar una parte de ti de entre las tinieblas de las dudas y la incertidumbre.

¿Quieres controlar tu vida? Empieza por tu miedo. Uno por uno, ve eliminando aquellos temores que te quitan el sueño, el apetito o el aliento. Por mi parte, no pienso dejar que un par de ideas “alternativas” me empequeñezcan ante mis ojos.

Soy consciente de que es mucho más fácil dejar las cosas como están y seguir adelante arrastrando esa piedra que tanto nos molesta. Al final incluso llegamos a convencer a los demás que ese peso es lo mejor que nos pudo haber pasado, que sin él estaríamos perdidos u otro adjetivo que se nos ocurra poner en esa situación. Lo peor es cuando la persona misma se llega a convencer de la certeza de sus palabras, cuando las justificaciones cobran tanta fuerza que se olvida de cómo se sentía antes de experimentar ese peso que, poco a poco, la va doblando hacia el suelo.

Por otro lado, la sociedad está al asecho de nuevas “víctimas”, personas que se tiran al suelo de impotencia, cuando el camino se hace imposible y ya no son capaces de seguir cargando con el peso extra. Ese es el momento perfecto para llamarnos inútiles y/o débiles. Y nos lo creemos. Nos lo tomamos como algo cierto porque el miedo llega a sembrar la más profunda inseguridad por todo nuestro ser. Incluso nos negamos a levantarnos para seguir adelante.

Si lo pensáis, es mucho más fácil tirar la piedra cuando estamos en el suelo, cuando su peso nos llega a hacer recapacitar. Levantarse será mucho más fácil entonces. Y juro que la sensación es indescriptible.


Con el tiempo ves que el miedo jamás se marcha del todo, que en ocasiones hay resquicios de esa vieja sensación de inseguridad ante las situaciones antes temidas, pero aprendes a aceptar ese sentimiento pensando que lo superaste una vez y que no fue para tanto. Ese es el momento en el que puedes empezar a mirar al miedo a los ojos. En ese instante lo aceptas como tu compañero inseparable y ya que no echas a correr al encontrarte en una situación desconocida. De nada sirve huir cuando aquello de lo que huyes forma parte de ti. Acepta el miedo y sé más fuerte que él. Date cuenta de tu poder, tira la maldita piedra que obstruye tu camino y sigue avanzando. No dejes que el temor te impida ser quien quieres llegar a ser.   

sábado, 6 de diciembre de 2014

Sea quién sea

La oscura necesidad de alejarme de todo. Necesito estar a solas con los recuerdos del pasado. Un último adiós. Un billete sin vuelta. Un apretón de manos aliviado. Una lágrima que no termina de nacer. Descubrir quién eres y adónde quieres llegar. Montones de dudas que corroen tu cordura. El sentimiento de inquietud te rodea el pecho…


Creo que durante los últimos meses he descubierto que no hace falta saber exactamente quién eres, a veces solo basta con saber cómo no quieres llegar a ser. La escala de valores sigue rigiendo tus acciones y no podrías estar más orgullosa. Al fin y al cabo nadie ha conseguido que dejes de ser tú misma, seas quién seas.