Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

sábado, 31 de enero de 2015

El mundo de Alicia (I)

El mundo de Alicia, contrario al título del cuento conocido, jamás se asemejó al de una fantasía plagada de seres cordiales y coincidencias afortunadas. Quedándose huérfana a la extraña edad de 11 años el mundo se tiñó de gris. Y digo extraña porque aquella época resulta crucial para decidir la máscara que llevarás a lo largo de tu vida y ella, sola ante los peligros del mundo acechando, no se llegó a acostumbrar a la ausencia de sus seres queridos. ¿Y quién podría si cada vez que te encuentran un defecto te devuelven al orfanato? Tenía la sensación de convertirse en un cachorro de escaparate cuando venían nuevas visitas que desprendían chispas de emoción con solo mirar a los rostros inocentes (al menos aparentemente) que albergaba aquel lugar. 

Lo cierto es que Alicia nunca fue la niña perfecta que los “futuros” padres anhelaban. Más allá de las coletas y las cada vez más cortas faldas en función de la edad, el maquillaje y el esconder revistas con vestidos de novia bajo la almohada, se trataba de una chica simple. Frente a tantos rechazos de los potenciales padres que siempre acababan por devolverla al orfanato, Alicia llegó a saberse al dedillo el protocolo de adopción, el funcionamiento de las casas de acogida y las tareas de los trabajadores sociales. Sin saber cómo, un nuevo deseo pobló su pequeño corazón demasiado fragmentado para la edad que tenía.