A veces lo mejor es huir. Huir lejos
pero no sobre el mapa, sino por dentro de ti. Esconderte en algún lugar recóndito
que nadie conozca y esperar que pase la tormenta.
Echo de menos aquel escudo que
tan fielmente me protegía de la adversidad emocional. Un ambiente estéril e
impenetrable se creaba alrededor de mis adentros y entonces podía dejar de
temer.
Hace ya mucho que dejé de
esconderme de las tormentas emocionales que llegan a dispersar cualquier idea
nacida bajo el cuidado de la cordura. Por eso a veces no sé qué decir, qué
hacer y, últimamente, qué sentir.
Las palabras son capaces de arañar
lo más profundo de tu ser, remarcar aquello que ya sabías pero que escribiste a
lápiz en tus adentros esperando poder llegar a borrarlo más adelante. Las mentiras
más preciosas son aquellas que tan solo nosotros somos capaces de contarnos. Y nos
las creemos o queremos hacerlo con tanta fuerza que a veces tachamos la
realidad con rabia, tratando de proteger aquello que más queremos. Nos aferramos
ciegamente a las ilusiones que creamos y buscamos infundirles vida, a menudo, a
costa de quedarnos temporalmente sin aliento.
Cada uno con su pequeña mentira
que jamás conoceremos del todo y, mucho menos, tendremos el mérito de juzgar. Cada
uno engañado, cada uno con mirada empañada en algún reflejo de un viejo sueño.
Siempre hacia delante, siempre
avanzando, siempre con la cabeza alta. Pero, ¡espera!
Una frase, una mirada, un gesto…
malditas piedras en el camino que llegan a hacerte tropezar
te abren los ojos. La
ilusión que tanto cuidabas no es nada más que otra utopía que jamás encajará
con este mundo caótico.
¿Y ahora qué?
Y entonces te paras. Echas la
vista atrás y te fijas en todo el camino que pasaste creyendo en una mentira. Una
mentira que, incluso, buscaste crear en los demás. Quizá lo conseguiste pero
aquello ahora no importa.
“¿Qué hago?”
Cuando llevas la mitad del camino
andado las cosas se complican un poco. No sabes si seguir andando hacia delante
soportando el peso de un sueño que ha dejado de parecerte posible o si tirarlo
todo por la borda y cambiar de ruta.
La decisión es difícil. Quizá una
de las más difíciles de tu vida. Sientes la presión de toda esa gente a quiénes
les contabas entusiasmado tu sueño.
No puedes decir que te
arrepientes porque sería mentira, esta vez, una de verdad. No te arrepientes,
solo que ahora estás muy perdido. Ves el camino bien marcado que te lleva a un
futuro en el que temes arrepentirte estar. Y sabes que el mejor momento para
cambiar de ruta es este. Solo hay un único problema:




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