Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

lunes, 18 de enero de 2016

¿Hacia dónde ir?

A veces lo mejor es huir. Huir lejos pero no sobre el mapa, sino por dentro de ti. Esconderte en algún lugar recóndito que nadie conozca y esperar que pase la tormenta.

Echo de menos aquel escudo que tan fielmente me protegía de la adversidad emocional. Un ambiente estéril e impenetrable se creaba alrededor de mis adentros y entonces podía dejar de temer.

Hace ya mucho que dejé de esconderme de las tormentas emocionales que llegan a dispersar cualquier idea nacida bajo el cuidado de la cordura. Por eso a veces no sé qué decir, qué hacer y, últimamente, qué sentir.

Las palabras son capaces de arañar lo más profundo de tu ser, remarcar aquello que ya sabías pero que escribiste a lápiz en tus adentros esperando poder llegar a borrarlo más adelante. Las mentiras más preciosas son aquellas que tan solo nosotros somos capaces de contarnos. Y nos las creemos o queremos hacerlo con tanta fuerza que a veces tachamos la realidad con rabia, tratando de proteger aquello que más queremos. Nos aferramos ciegamente a las ilusiones que creamos y buscamos infundirles vida, a menudo, a costa de quedarnos temporalmente sin aliento.

Cada uno con su pequeña mentira que jamás conoceremos del todo y, mucho menos, tendremos el mérito de juzgar. Cada uno engañado, cada uno con mirada empañada en algún reflejo de un viejo sueño.

Siempre hacia delante, siempre avanzando, siempre con la cabeza alta. Pero, ¡espera!

Una frase, una mirada, un gesto… malditas piedras en el camino que llegan a hacerte tropezar
te abren los ojos. La ilusión que tanto cuidabas no es nada más que otra utopía que jamás encajará con este mundo caótico.
¿Y ahora qué?

Y entonces te paras. Echas la vista atrás y te fijas en todo el camino que pasaste creyendo en una mentira. Una mentira que, incluso, buscaste crear en los demás. Quizá lo conseguiste pero aquello ahora no importa.
“¿Qué hago?”

Cuando llevas la mitad del camino andado las cosas se complican un poco. No sabes si seguir andando hacia delante soportando el peso de un sueño que ha dejado de parecerte posible o si tirarlo todo por la borda y cambiar de ruta.

La decisión es difícil. Quizá una de las más difíciles de tu vida. Sientes la presión de toda esa gente a quiénes les contabas entusiasmado tu sueño.

No puedes decir que te arrepientes porque sería mentira, esta vez, una de verdad. No te arrepientes, solo que ahora estás muy perdido. Ves el camino bien marcado que te lleva a un futuro en el que temes arrepentirte estar. Y sabes que el mejor momento para cambiar de ruta es este. Solo hay un único problema:

                                                                      ¿Hacia dónde ir?

lunes, 10 de agosto de 2015

Recortando la noche

El silencio de la noche. El aire traspasaba suavemente las cortinas de la ventana mientras mi figura se hundía en el mullido sillón que cuero negro.

Adoraba estos instantes de tranquilidad cuando toda la ciudad parecía sumirse en un mar de calma y tan solo quedábamos un par de aventureros nocturnos dispuestos a apostar las horas de sueño por un par de ideas atrevidas.

Al repasar la fachada del edificio de enfrente un brillo fugaz captó mi atención. Un cigarro encendido en medio de la penumbra. No eran horas de andar despierto, aunque quién era yo para decirlo si tampoco había probado mi cama esa noche.

No se llegaba a adivinar el rostro de mi acompañante nocturno pero algo dentro de mí me convencía de que se trataba de un hombre. Otra alma solitaria tratando de encontrar consuelo en el manto de la noche.

La soledad se dispersó por la penumbra de la habitación cuando decidí encenderme otro cigarro a modo de compañía.

Al cabo de segundos, dos fuentes de luz de movían una frente a otra. Una comunicación inventada por dos personas que jamás se han conocido. Sabía que era imposible reconocernos de día y aquello me dio más valor para dar una calada más larga y, después, soltar todo el humo de dentro entremezclado con la acidez que tanto tiempo llevaba amargándome por dentro.

Mejor. Ahora estaba mejor. Tras aquello me fijé en el brillo de la ventana de enfrente. Mismo movimiento. Misma calada…

Parecíamos entendernos en nuestra extraña danza que lentamente nos iba apagando por dentro. Aunque ¿qué no nos envenenaba? A día de hoy todo es peligroso. Habrá gente que tenga otra opinión, que “fumar es peor que otro tipo de riesgos”. Quizá, aunque serán ignorantes que no hayan probado el sabor de la soledad. Esa que cuando aquella se acurruca en tu pecho consigue sacar todo lo bueno de tus adentros. Y la negrura de tu existencia, que permanecía dormida, se eleva salpicando incluso los recuerdos más inocentes.

Y solo quieres huir...

Quizá por ello las noches se atragantan tanto. Una dosis extra de oscuridad que cae de la nada y te aísla del mundo. Todos durmiendo. Luces apagándose una a una, noche a noche, hasta que terminas por aprender su orden de extinción.

Sientes envidia.

¿Por qué no puedes ser cómo ellos y resguardarte en el plácido mundo de los sueños?

Cada día la misma duda que no consigue dejarte tranquilo. Las ideas corroen tu mente hasta que vislumbras la misma luz de cada madrugada. Otro cigarrillo a la hora de siempre. Y repites tu ritual solo que ahora te acercas más a la ventana rezando para que se le vea un poco la cara. Un clic del mechero y tu cigarro también comienza a cortar la oscuridad de la noche.


La soledad cede y da un paso atrás…aunque solo sea durante un mísero cigarro. 

lunes, 29 de junio de 2015

¿De qué tienes miedo?

¿Cuál es el precio de la verdad? ¿Cómo puedo asegurarme de estar en la senda correcta? ¿Soy buena persona o tan solo trato de no ir en contra de mis principios por miedo? ¿Cuál es el peso de una decisión en las vidas de los demás? ¿Quiero seguir con lo que tengo? ¿Podría echar la vista atrás y no arrepentirme de nada?

La vida se compone de preguntas de lo más variopintas, la mayoría de las cuales no sabemos responder con total certeza, pero no nos importa. Lo cierto es que el valor de la vida no reside en las respuestas, ni siquiera en el momento de plantear la pregunta sino en la cuestión como tal, en el motivo por el cuál realizamos una u otra cosa. Somos tan diferentes pero tan iguales. No podemos dejar de ser parte del grupo pero, a la vez, tiramos de todo nuestro ser para ser únicos. ¿Qué somos? ¿Adónde queremos llevar? ¿A qué estamos dispuestos a renunciar para ello? Tenemos miedo olvidando que el miedo es bueno, que solo del miedo puede aflorar la valentía y no al revés. El miedo es un motor que empuja a seguir adelante o, al menos, a no quedarse atrás.

Los miedos son personificaciones de alguna parte de nuestro ser, de nuestra experiencia, de nuestros fracasos o, incluso, de nuestros éxitos.

¿De qué tienes miedo? Plantéate esa pregunta y trata de responder con seriedad. Te puedo asegurar que la respuesta nunca será la misma si te la continúas haciendo de tiempo en tiempo. En ese momento te das cuenta de que las cosas cambian y, aunque no lo parezca en muchas ocasiones, tú también. Evolucionamos y, quiero pensar que, mejoramos.

¿De qué tienes miedo?

¿De qué tengo miedo?

Tengo miedo a la oscuridad, bueno a lo que puede haber en ella. Llega un momento en la vida en el que descubres que los monstruos tienen rostros humanos. Y no, sigo pensando que la naturaleza del ser humano es buena, pero por otro lado, soy consciente de que hay momentos en los que la humanidad se puede ahogar en las tinieblas de la maldad que, cada uno de nosotros, poseemos.

Tengo la extraña sensación de que quizá las historias de niños tengan su parte de realidad. Esa continua lucha entre el bien y el mal que comienza dentro del mismo ser humano es algo real. Es como si cada uno de nosotros naciera con la capacidad de crear pero a la vez de destruir. ¿Es posible? Siguiendo la herencia de Freud, se diría que sí aunque él le atribuiría un origen sexual, lo más probable.

No dejes que los temores controlen tus actos. Párate un segundo y responde: ¿de qué tienes miedo?

domingo, 22 de febrero de 2015

El perdón

Por mucho que escondas algunos pensamientos o recuerdos siempre habrá alguien que consiga sacarlos afuera. Lo compararía a la sensación de remover el azúcar que se ha depositado al fondo de una taza de té. Aparentemente no lo ves, pero sabes que con un movimiento certero puedes resolver esos granitos, cambiando el estado general de la sustancia. Así estoy yo ahora mismo, sintiendo cómo todo ese poso de recuerdos que tanto tiempo llevo encerrando en el rincón más oscuro de mi consciencia se entremezcla con el resto de mi ser y, de pronto, ya no me reconozco. Tengo la sensación de ser “disuelta”, de encontrarme en el ojo del huracán porque por mucho que aparente serenidad por dentro todo está en movimiento. Realmente no sé por qué escribo esto. Necesito soltar la presión que me viene de dentro. Necesito perdonar, lo sé, pero todavía no estoy segura. Y puede que quizá me dé miedo enfrentarme a un sentimiento nuevo que nunca he experimentado por eso ahora no dejo de enredarme en los viejos patrones que no hacen más que agujerear toda mi existencia. En el fondo, 
todo se reduce al miedo. Miedo a actuar de una forma nueva. 
Miedo a descubrir que tengo la posibilidad de recrearme
en nuevas rutas.

sábado, 14 de febrero de 2015

¿Ser o no ser?

Debes ser fuerte, decidido y saber perfectamente lo que quieres mientras avanzas hacia tu meta.  Perfectas máquinas. Dejando de lado los sentimientos para hacernos cargo de nuestra vida al afirmar el libre albedrio. Pero, ¿te controlas realmente? ¿Eres tú quién decide? Si la respuesta es afirmativa me temo que te olvidas de un factor importante.
La selección natural, esa antigua teoría que no deja de transmitirse de generación en generación, bajo valores actualizados. Antes la inteligencia, la dominancia de aquella persona ilustre y ahora, ahora la supervivencia del más rastrero, más manipulador… Bajo la capa de individualidad se esconde el más puro egoísmo entremezclado con superficialidad. La genuinidad se enmarcara con capas de falsedad y ya nada es lo que parece.

A medida que crecemos, tarde o temprano, se nos plantea una de esas pocas preguntas que marcan, realmente, el rumbo de nuestra vida. Para aquella gente cuyos valores se podrían corresponder con los de las épocas anteriores, al no ir a la moda de las prácticas actuales,  deben plantearse el cambio. Decidir si sustituyen sus valores por aquellos más cotizados, los que le permitirán triunfar en este mundo con escenarios de papel y máscaras de emoción, renunciando a lo que realmente son. Ese es el momento en el que, como muchas veces se ha representado en la literatura y replicado tantas veces, surge una única pregunta: ¿ser o no ser?

sábado, 7 de febrero de 2015

Distinta.

La melancolía rellena aquellos huecos que te faltan de aquella cena. Lo cierto es que recuerdas más bien poco. “Hubo alcohol”, te repites como si aquello te pudiese justificar la falta de recuerdo. En el fondo siempre queda un poso de sentimientos que cualquier detalle consigue reavivar. El corazón late más fuerte y tú, tú ya hace mucho que has dejado el presente. Vuelta atrás. Ahora todo se va aclarando. Casi consigues tocar el instante en el que se hizo la foto. Te miras a los ojos y ya no te reconoces. Eres distinta. Quizá más madura y menos ingenua, pero aquella noche sigue martillando el corazón a destiempo. Intentas engañarte diciéndote que no te trajo nada bueno, pero una parte de ti se resiste asumirlo. Durante un par de horas eras asquerosamente feliz y digo “asquerosamente” porque no podrías describir la 
sensación por mucho que lo intentases.