Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

viernes, 7 de junio de 2013

Grajeo incomprensible

El viento mecía las hojas mientras que el frío comenzaba a cobrar fuerza. De nuevo estaba sola en aquella casita de la playa pero, por una noche, no le importaba. Se sirvió un vaso de vino y se sentó frente a la televisión. Cogió el mando y pulso un botón al azar mientras bostezaba. Ya nada le interesaba. Dejo de mirar las olas que rompían contra las rocas que rodeaban su pequeña fortaleza. Las cosas habían cambiado.


Tras dar un sobro al vino, se acomodó más en aquel viejo sillón esperando echar toda la tarde en el mismo. Un ruido la sobresaltó cuando estaba adormilando. Se giró al escuchar un grajeo inconsistente. Frente a las ventanas, que daban al mar, vio un enorme cuervo negro que paseaba por los barrotes de su entrada. 

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