Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

domingo, 16 de noviembre de 2014

La intención es lo que cuenta y otras mentiras.

A medida que vas madurando tus perspectivas acerca de la vida cambian y no siempre para mejor. Ya desde pequeño te enseñan que lo que importa de un regalo no es el regalo en sí, sino el detalle de hacer algo por otro. Vivimos felices con esa creencia llenando nuestras casas de objetos innecesariamente caros y extravagantemente inútiles. Y cada vez que dirigimos la mirada hacia ellos susurramos por lo bajito: “me lo regaló porque le importo”, “su intención fue la de sorprenderme” o, la mejor de todas, “seguro que con el tiempo me llegará a gustar”. Y así pasan los años, acumulamos cosas que jamás utilizaremos, llenamos espacios que podrían estar ocupados por objetos más valiosos sin ni siquiera planteárnoslo.

Maduramos. Nos convertimos en personas independientes. Aprendemos a crear nuestra propia senda de la felicidad y solo entonces nos planteamos la certeza de esas palabras. Lo peor de todo es que llegas a tarde cuenta de que has utilizado aquel planteamiento de forma generalizada para la mayoría de las cosas en tu vida.

Imagina que tienes un problema. Algo realmente preocupante que consigue mantenerte despierto hasta las altas horas en la madrugada. Necesitas ayuda. Un consejo que te permita seguir adelante. Siempre has sido autosuficiente por ello, incluso ahora, pides atención a susurros, expresando tu necesidad de ayuda de forma indirecta. No tardas en ser escuchado si la persona es la adecuada y entonces te desahogas. Le cuentas lo que te ocurre y esperas que te aconseje. Un segundo después te das cuenta de que nada de aquello te ha servido. De que hay consejos que por mucha “buena intención” que tengan no llegarán a ayudarte y ahora, como con los regalos, pones buena cara, le das las gracias y le dices que aquello era lo que necesitabas intentando disimular la decepción que se vislumbra en tus ojos.

La intención es una cosa genial, pero solo si acotas su uso a situaciones estrictamente definidas. No todos los consejos son buenos y, aunque agradezcas de corazón la preocupación de la persona, no puedes hacer que aquello “cuente”, no cuando necesitas algo que de verdad de ayude, no cuando tus gritos de auxilio no llegan a desgarrar el silencio. 

lunes, 10 de noviembre de 2014

De jaulas y barrotes...

Parece que esté buscando una forma de quedarme a solas. No dejo de alejarme de la gente siempre que puedo. Es como si necesitara quedarme con mi dolor. Las situaciones sociales llegan a agobiarme y cuando la compañía pasa de una persona me mareo. Todavía no entiendo qué me pasa. Puede que no me haya terminado de encontrar o, por el contrario, puede que  esté huyendo de la persona en la que me he convertido. ¿Quién sabe? Tan solo necesito una parcela donde pueda ser libre, ponerme los cascos y no pensar en nada que no sea la tarea que tengo delante. Creo que es eso. Mantener conversaciones se está haciendo tan pesado porque requiere recordar cosas, cosas que trato de dejar atrás al menos por un tiempo.

domingo, 9 de noviembre de 2014

[Insertar adjetivo despectivo aquí]

Creo que acabo de hacer algo que jamás pensé que ocurriría. Fiel a mis principios y defensora de todos y cada uno de mis valores... ¿Cómo voy a ser capaz de pedir que alguien los respete cuando ni siquiera yo misma he podido hacerlo? He escupido sobre mis creencias más arraigadas.
 No dejo de hacer un repaso mental de la gente que esté dispuesta a escucharme, pero siempre me topo con el mismo obstáculo. El sentimiento de vergüenza es tan grande que consigue convencerme de que toda esa culpa y arrepentimiento que se han condensado dentro de mi pecho es lo mejor que me merezco.
 ¿Quién soy? ¿Por qué no dejo de tropezar con piedras que ni siquiera estaban en mi camino? ¿Cómo voy a poder mirarles a la cara y pedir que respeten una regla que ni siquiera yo pude seguir? La desesperación se ha esparcido por cada punto de mi cuerpo y no dejo de sentir ganas de destrozar algo. De romper algo para que me haga compañía porque yo ya estoy demasiado rota y, con eso último, es como si pidiera a fuerza que me tiraran piedras para acabar de romperme del todo.