El tiempo desear parar,
olvidar la realidad.
Acunarse en los recuerdos
intentándolos cambiar.
Suspirar sin ganas de continuar,
memorizar los sentimientos…
volver a suspirar
Sonreír fingiendo
que ya no te importe lo que esté haciendo.
Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.
Salen en forma de lágrimas, ahora parece que estemos pagando por cada sonrisa, cada beso de despedida, cada abrazo de consuelo, cada mirada impregnada de felicidad… Por unos minutos volvemos a revivir el pasado, las emociones olvidadas regresan durante unos instantes y luego… regresamos a nuestra realidad, aliviados, con la esperanza de que no vuelva a suceder lo mismo, confiando en que ese viaje por el país de los autobiografías sea el último.