El silencio de la noche. El aire
traspasaba suavemente las cortinas de la ventana mientras mi figura se hundía
en el mullido sillón que cuero negro.
Adoraba estos instantes de
tranquilidad cuando toda la ciudad parecía sumirse en un mar de calma y tan
solo quedábamos un par de aventureros nocturnos dispuestos a apostar las horas
de sueño por un par de ideas atrevidas.
Al repasar la fachada del edificio
de enfrente un brillo fugaz captó mi atención. Un cigarro encendido en medio de
la penumbra. No eran horas de andar despierto, aunque quién era yo para decirlo
si tampoco había probado mi cama esa noche.
No se llegaba a adivinar el
rostro de mi acompañante nocturno pero algo dentro de mí me convencía de que se
trataba de un hombre. Otra alma solitaria tratando de encontrar consuelo en el
manto de la noche.
La soledad se dispersó por la
penumbra de la habitación cuando decidí encenderme otro cigarro a modo de
compañía.
Al cabo de segundos, dos fuentes
de luz de movían una frente a otra. Una comunicación inventada por dos personas
que jamás se han conocido. Sabía que era imposible reconocernos de día y aquello
me dio más valor para dar una calada más larga y, después, soltar todo el humo de
dentro entremezclado con la acidez que tanto tiempo llevaba amargándome por
dentro.
Mejor. Ahora estaba mejor. Tras
aquello me fijé en el brillo de la ventana de enfrente. Mismo movimiento. Misma
calada…
Parecíamos entendernos en nuestra
extraña danza que lentamente nos iba apagando por dentro. Aunque ¿qué no nos envenenaba?
A día de hoy todo es peligroso. Habrá gente que tenga otra opinión, que “fumar
es peor que otro tipo de riesgos”. Quizá, aunque serán ignorantes que no hayan
probado el sabor de la soledad. Esa que cuando aquella se acurruca en tu pecho
consigue sacar todo lo bueno de tus adentros. Y la negrura de tu existencia,
que permanecía dormida, se eleva salpicando incluso los recuerdos más
inocentes.
Y solo quieres huir...
Quizá por ello las noches se
atragantan tanto. Una dosis extra de oscuridad que cae de la nada y te aísla
del mundo. Todos durmiendo. Luces apagándose una a una, noche a noche, hasta
que terminas por aprender su orden de extinción.
Sientes envidia.
¿Por qué no puedes ser cómo ellos
y resguardarte en el plácido mundo de los sueños?
Cada día la misma duda que no consigue dejarte
tranquilo. Las ideas corroen tu mente hasta que vislumbras la misma luz de cada
madrugada. Otro cigarrillo a la hora de siempre. Y repites tu ritual solo que
ahora te acercas más a la ventana rezando para que se le vea un poco la cara. Un
clic del mechero y tu cigarro también comienza a cortar la oscuridad de la
noche.
La soledad cede y da un paso
atrás…aunque solo sea durante un mísero cigarro.



.jpg)
