Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

viernes, 29 de agosto de 2014

Lo valiente...

Lo valiente no es olvidarte del dolor, ignorarlo y tratar de ocupar tus pensamientos con un pasatiempo cualquiera. Lo valiente es aceptar ese dolor que viene como una ola y arrasa con todo a su paso. Lo valiente es llorar, pero no escondiéndote, sino mostrando tus sentimientos, aceptando tu humanidad, sabiendo que volverás a recomponerte. Lo valiente no es tratar de tapar los huecos de tu vida con lo primero que se te ocurra. Lo valiente está en saber escoger aquello que te define. Lo valiente es dudar pero siempre acabar actuando de forma prudente. Lo valiente no es luchar, pero tampoco huir. Lo valiente es resistir cuando se requiere, marcharse cuando las razones son sólidas o luchar si todavía tenemos fuerzas. Lo valiente no es gritar a los cuatro vientos el haber perdido algo. Lo valiente es aprender de la vida. Lo valiente es que cada paso aumente nuestra sabiduría. Lo valiente es saber lo que quieres. Lo valiente es demostrarte que puedes ser mejor que el día anterior. Lo valiente es ir hacia tu meta.

Lo valiente no es buscar a alguien que te proteja de todas las adversidades. Lo valiente es aprender a hacerlo por ti mismo. Lo valiente es matar a tus propios monstruos. 

lunes, 18 de agosto de 2014

Tras un autobús

Son curiosos algunos de los razonamientos que realizamos a lo largo del día. Muy a menudo cruzamos calles en lugares donde los pases de cebra nunca se han visto, atravesamos rotondas florales creando un sendero allí donde antes había plantadas flores y corremos tras un autobús a punto de marchar. Parece que no nos gusta esperar en exceso, que esos segundos (porque son segundos) los que perdemos al tener que rodear un par de arbustos tan ingeniosamente plantados son extremadamente valiosos. En esencia, nos pasamos la vida corriendo de un lugar para otro. El ritmo de vida es cada vez más vertiginoso, pero luego… luego pasan años sin que le recordemos a la persona que tenemos al lado lo valiosa que es. No corremos para abrazar a alguien a no ser que ya sea demasiado tarde… corremos para coger un tren.

Nos preocupamos por no saltarnos nuestra parada y, antes de que pase, pedimos al conductor que recuerde parar, por otro lado, muchas veces, ni siquiera levantamos la voz para decirle a alguien que le queremos. Siempre tendremos tiempo para eso, siempre podremos decírselo, este no es el momento adecuado… y con ese razonamiento seguimos adelante. Duele admitirlo pero, muchas veces, ese pensamiento choca contra ataúdes, aviones a punto de despegar o banales despedidas que nunca se convierten en un nuevo “hola”. Es justo en ese momento cuando llega el arrepentimiento y empiezas a repasar las últimas cosas que te dijo alguien, como queriendo demostrarte que, en el fondo, no perdiste el tiempo.

Quizá deberíamos invertir nuestra prisa en cosas más importantes, más humanas… ¿Desde cuándo apareció la estúpida convicción de esperar para decir que quieres a alguien? Algunos incluso se prometen no decirlo si no se lo dicen antes… Nosotros mismos nos estamos poniendo límites, nos frenamos en seco antes de decir lo que sentimos y, mientras tanto, ni siquiera nos permitimos llegar tarde para coger un simple metro.

Por desgracia nos damos cuenta demasiado tarde de que habría que correr tras personas, no callarnos las cosas buscando el mejor momento posible porque el mejor momento es el presente. ¿Por qué? Porque es lo que tenemos, porque nadie nos puede asegurar de que el futuro nos vaya a alcanzar. Y no sé vosotros, pero ya no estoy dispuesta a correr ese riesgo. 

lunes, 4 de agosto de 2014

Pequeños grandes detalles

Quizá el amor se encuentre en aceptar las pequeñas manías de cada uno. Esperar a que se eche sus tres cucharaditas de azúcar tan bien medidas, que desenvuelva el regalo a la velocidad de un caracol, que no pueda evitar levantar una comisura de los labios haciendo una mueca cuando esté tenso, que sin querer arrastre la arena que tiene bajo sus pies tumbado en la playa… juro que en ese momento no puedo evitar sonreír. Sin esos pequeños detalles no sería igual. Y hay más, claro que hay más. Cosas como ser incapaz de no mirarse al espejo con la expresión de desaprobación, pellizcarse la nariz mostrando desacuerdo casi sin buscarlo, peinarse el flequillo hacia arriba de modo que siempre quede de la misma forma, darse golpecitos en los bolsillos del pantalón comprobando si lo lleva todo… Parece que cada persona tiene su forma de “identificarse”. Me pregunto cuál es la mía, aunque supongo que habrá muchas, dependiendo de con quién hable.

Creo que esas cosas es lo que realmente nos hace ser auténticos, porque en esos momentos somos reales, imperfectos… cuando convives con alguien mucho tiempo dejas de percibir esas pequeñas señales de su verdadero ser, supongo que te acostumbras a aceptarlas como parte de la persona cosa que, en esencia, es así; quizá por eso no sueles recordarlos cuando la persona se marcha de tu vida. Recuerdas “grandes gestos”, aquello que de verdad te marcó de alguna forma. Si te paras a pensar y separas aquello que recuerdas de los pequeños detalles te darás cuenta de su real importancia. Es como si te atravesaran por dentro, de pronto te das cuenta de que aquello es lo que cuenta, de que sin darte cuenta eso es lo que hace que sientas algo por la persona que tienes al lado.