Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

lunes, 29 de junio de 2015

¿De qué tienes miedo?

¿Cuál es el precio de la verdad? ¿Cómo puedo asegurarme de estar en la senda correcta? ¿Soy buena persona o tan solo trato de no ir en contra de mis principios por miedo? ¿Cuál es el peso de una decisión en las vidas de los demás? ¿Quiero seguir con lo que tengo? ¿Podría echar la vista atrás y no arrepentirme de nada?

La vida se compone de preguntas de lo más variopintas, la mayoría de las cuales no sabemos responder con total certeza, pero no nos importa. Lo cierto es que el valor de la vida no reside en las respuestas, ni siquiera en el momento de plantear la pregunta sino en la cuestión como tal, en el motivo por el cuál realizamos una u otra cosa. Somos tan diferentes pero tan iguales. No podemos dejar de ser parte del grupo pero, a la vez, tiramos de todo nuestro ser para ser únicos. ¿Qué somos? ¿Adónde queremos llevar? ¿A qué estamos dispuestos a renunciar para ello? Tenemos miedo olvidando que el miedo es bueno, que solo del miedo puede aflorar la valentía y no al revés. El miedo es un motor que empuja a seguir adelante o, al menos, a no quedarse atrás.

Los miedos son personificaciones de alguna parte de nuestro ser, de nuestra experiencia, de nuestros fracasos o, incluso, de nuestros éxitos.

¿De qué tienes miedo? Plantéate esa pregunta y trata de responder con seriedad. Te puedo asegurar que la respuesta nunca será la misma si te la continúas haciendo de tiempo en tiempo. En ese momento te das cuenta de que las cosas cambian y, aunque no lo parezca en muchas ocasiones, tú también. Evolucionamos y, quiero pensar que, mejoramos.

¿De qué tienes miedo?

¿De qué tengo miedo?

Tengo miedo a la oscuridad, bueno a lo que puede haber en ella. Llega un momento en la vida en el que descubres que los monstruos tienen rostros humanos. Y no, sigo pensando que la naturaleza del ser humano es buena, pero por otro lado, soy consciente de que hay momentos en los que la humanidad se puede ahogar en las tinieblas de la maldad que, cada uno de nosotros, poseemos.

Tengo la extraña sensación de que quizá las historias de niños tengan su parte de realidad. Esa continua lucha entre el bien y el mal que comienza dentro del mismo ser humano es algo real. Es como si cada uno de nosotros naciera con la capacidad de crear pero a la vez de destruir. ¿Es posible? Siguiendo la herencia de Freud, se diría que sí aunque él le atribuiría un origen sexual, lo más probable.

No dejes que los temores controlen tus actos. Párate un segundo y responde: ¿de qué tienes miedo?