Seguíamos en aquel parque. El
silencio se hacía cada vez incómodo y yo no encontraba forma de explicar lo que
sentía. Me preguntó si le quería y, al igual que en los instantes anteriores,
me mantuve en silencio. No podía mirarle. Quería hacer algo, cambiar algo, pero
no sabía qué. De nuevo me pregunté por qué no me entendía, en ese momento tan
solo necesitaba una cosa, estaba deseando que me abrazara fuerte para sentirme
segura. ¿Segura de qué? me preguntarás. Pues deseaba sentirme a salvo de mis
dudas que iban confundiendo cada pensamiento relacionado con él impidiéndome,
de esa forma, contestarle a sus ruegos. Mientras las manecillas del reloj
seguían en movimiento yo permanecía en mis pensamientos.
No sabía qué contestarle. No
tenía claro aquello que experimentaba. Bajaba cada vez más mi mirada con el fin
de huir de su mirada penetrante. No era capaz de mirarle sin que una sombra de
dolor cruzara mi rostro. Quería acabar con eso. Las intensas ganas de marcharme
ocuparon cada rincón de mi cuerpo mientras tanto, él me seguía mirando de forma
persistente. ¿Le quería? Pues en ese momento no podía contestar a la pregunta.
Pensaba que era lo peor que me podía pasar, pero él logró reformular la
pregunta aun sabiendo que esta podría producirle más daño. Qué si le quería
menos que antes…
No hay comentarios:
Publicar un comentario