Sola. Fría. Indefensa. Es como si
me quitaran una coraza que llevaba desde hace bastante. La verdad es que creo
que todos tienen una que les protege contra la posibilidad de sufrir. Las hay
de diferentes tipos y tamaños. Unas protegen del dolor físico, otras evitan la
duda espiritual y otras son protecciones puramente mentales.
Es como si cada una de estas
tuviese la propiedad de aguantar el sufrimiento. Unas soportan más golpes
mientras que otras ceden enseguida ante las balas verbales de los demás. ¿De
qué depende?
La verdad es que creo que la
posibilidad de evitar el dolor no se encuentra en lo fuerte que pueda ser esa
coraza, sino en la habilidad de esquivar el ataque del contrincante. No sé,
quizá sean las dos cosas. Por ahora simplemente pienso que, de vez en cuando,
la gente llega a quitarse esa coraza, cuando hay demasiados agujeros que dejan
pasar las cuchilladas que lanzan los enemigos. Sobrepasar ese momento es
crucial para seguir respirando. Cada uno se la quita cuando recibe demasiado
daño, cuando no puede soportar más.
Al desprenderte de tu única
defensa te sientes pequeño, tan pequeño que podrías desaparecer entre dos gotas
de agua. Pero lo peor no es eso, la terrible sensación de soledad se encuentra
en un único pensamiento que te reconcome por dentro. Eres vulnerable. Demasiado
vulnerable. Y es entonces cuando te das cuenta de lo fuerte que eras antes, de
los golpes que aguantaste sin caerte y rezas para recuperar de nuevo esa coraza
que te ayuda a seguir avanzando.
Yo, de momento, solo espero que
la mía se repare pronto.

No hay comentarios:
Publicar un comentario