Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

lunes, 23 de junio de 2014

Reflexiones bañadas en lágrimas

Ya me extrañaba a mí estar tan bien. Ahora noto como, bajo las toneladas de quehaceres e ilusiones nuevas, el dolor sigue allí. Sale entre los renglones que dejan todas aquellas cosas de las que me ocupo para no pensar. Sabía que no podía ser tan fácil. Pero sentirlo ahora, de la forma más inesperada duele todavía más. El ardor que se centra en mi pecho abrasa cada bocanada de aire que tomo y este se difunde lentamente por todas las células de mi cuerpo. Quiero gritar, pero sé que nadie me entendería. Se trata de algo mío, algo invisible ante los ojos de los demás y, por ello, duele más. Siempre duele más cuando hay incomprensión de por medio. Cuando necesitas contar qué te pasa para entender un poco ese dolor que atraviesa tu cuerpo, pero ves que nadie se para a mirarte. Que mucha gente pasa de largo y tú… tú nunca fuiste de esas personas que mendigan atención. Desde siempre fuiste más independiente de aquello que te puedan “oír”. De nuevo vuelves a tu necesidad más básica, aquella que te permite desahogarte aunque sea un poco y limpiar el aire que estás a punto de inspirar. Escribir. Sí, eso es justo lo que necesitas ahora mismo. ¿Cómo he llegado a este punto? La respiración se acelera y comienzas a teclear con más rapidez. Necesitas sacarlo todo, quitarte los oscuros pensamientos que confunden lo que sientes. Siempre es igual. De pronto dejas de saber quién eres y te concentras en evitar caer ante la realidad que se te presenta. El dolor, o más bien la fuerza de los recuerdos, tiene una curiosa habilidad de debilitarte por completo. Te deja a la merced de la inseguridad, la impotencia y el agobio.

Por suerte sabes la mejor medicina para paliar un poco las heridas que dejan los recuerdos al removerse por tu corazón. Escribir. De nuevo sientes esa imperiosa necesidad de acunarte en una hoja en blanco. Sabes que es la única cosa en este mundo que te escuchará sin dar su opinión, sin juzgar, absorbiendo de forma constante tus pensamientos, dejándote espacio para nuevos sueños, ilusiones y alguna que otra sonrisa si lo apuras.

El ardor se ha convertido en presión que lentamente te saca el aire de los pulmones. Irónicamente y sin un objetivo claro, te preguntas qué sensación preferirías. Pero lo más curioso de todo es que realmente te lo planteas. Respondes a la cuestión pensando que desearías volver a la sensación de ardor. En el fondo sabes que no podrías elegir entre las dos, que son igual de horribles. Siempre preferimos aquello que no tenemos, aunque sea dolor, porque nos parece más lejano, menos nocivo… pensamos que la sensación que no experimentamos es menos dolorosa, pero en el fondo sabemos que si llegásemos a sentirla de nuevo anhelaríamos esa presión que se concentra en el centro del pecho, que aprieta tan fuerte que llega a llenarte lágrimas de los ojos. Y te das cuenta de que no soportas más. De que necesitas liberar lo que sientes. Quieres derramar esas lágrimas que se acumulan con cada recuerdo que se niega a ir y empiezas a ver las teclas de forma borrosa. Una, otra y otra. Sienta bien. Por fin estás sacando algo al exterior. Aun duele, pero ahora ya no parece tan duro. Siempre me pregunté cómo funcionaba el poder curativo de las lágrimas. Es como sacar presión de dentro. Me gusta pensar que cada lágrima lleva un recuerdo roto, algo que jamás volverá a estar entero de nuevo. Es como despedirse de una parte de nosotros. Una parte que no volverá a sentir de nuevo.

Al centrarme en lo que siento noto que las dos sensaciones se han fundido. La ardiente presión se ha adentrado hacia el corazón comprando una parcela de forma permanente. Ahora el dolor proviene de dentro. Sientes que es menos intenso, pero no dejas que aquello te confunda. Sabes perfectamente que ese dolor dura más, que las dos primeras sensaciones indicaban que algo intentaba penetrar en los recovecos de tu corazón y, ahora, allí está. Y piensa quedarte y sabes que te costará mucho pagar ese precio para volver a ser la dueña de la pequeña parcelita que ahora ocupa el agobio y la agonía. Sabes que no pudiste hacer nada cuando el dolor se abría paso a través de tu escudo personal. Nadie es tan fuerte como para soportar el dolor de los sentimientos. Esa frase acaba de llevarme a una reflexión. Sé que hay gente más fuerte, que no se deja herir por los sentimientos o recuerdos rotos, pero entonces me doy cuenta de que eso se debe a que nunca fue capaz de sentirlos. Cuando nos abrimos al amor nos hacemos más vulnerables al dolor. Es una condición innegable. Aquel que dice no haber sufrido nunca no necesariamente miente, porque si lo pensamos más a fondo, quizá tiene razón, puede que nunca ha llegado a experimentar la sensación de completa pérdida, pero lo que puedo decir con seguridad es que tampoco ha sentido del todo el sentimiento de amor o el cariño. No puede existir lo uno sin lo otro.

Es como una forma de restablecer el equilibrio. Si quieres amar vas a sufrir. Es una decisión que, sin darnos cuenta, tomamos a diario. Puede que algunos digan que es un sinsentido. Otros pueden negarlo y tacharme de loca. Pero si lo piensas no estoy siendo partidaria de un sufrimiento elegido por uno mismo, no estoy siendo pesimista aunque lo pueda parecer. Tan solo digo que cuando decidimos con quién queremos estar, cuando regalamos una parcela en nuestra mente, sin quererlo decidimos por quién vamos a sufrir. Porque cuando encuentras a la persona adecuada te da igual sufrir por ella porque estás absolutamente seguro de que valdrá la pena, de que cada sonrisa, cada mirada, cada gesto, cada momento, cada despertar, cada beso y cada caricia le restarán valor a ese rasguño que de vez en cuando te propina la realidad. Por ello, a cada hora, a cada minuto, sin ser conscientes de ello, elegimos por quién estamos dispuestos a pasarlo mal en ocasiones y eso, en mi opinión, … ese es el precio verdadero de amar a alguien. 

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