Con el tiempo te das cuenta de
que estás harta de las desilusiones que una por una se van clavando en tu
corazón. Estás harta de pasar otra vez por lo mismo porque podrías describir a
la perfección la sensación que se siente. El dolor tan horriblemente familiar
se te atraganta a medida que te intentas convencer de que lo que ves, lo que
sientes, lo que respiras, está bien. Que las cosas son como son y poco puedes
hacer. Algunos te intentan convencer de que deberías dejar de ilusionarte
tanto. De que las cosas nunca serán como tu cabeza te las pinta. Y, en
ocasiones, solo durante una milésima de segundo intentas creerlo. Te alejas de
tu mundo de fantasía y pones los pies en la tierra. Pero, ¿sabes qué? enseguida
notas la falta de esa transmundana fantasía que te hacía sonreír cuando tenías
ganas de hacerlo, pero también cuando no. Y es que eres así, estás hecha para
dejar volar la imaginación e ilusionarte con lo que está por venir. Y sí, no
vas a dejar de repetirte que eres tonta cuando tus más profundos sueños se
estrellen contra la cruda realidad, pero la mayoría del tiempo aquello te da
igual. Por alguna razón necesitas refugiarte en un mundo donde veas que las
cosas pueden ir mejor. Y, por ello, no quieres abandonarlo.
A medida el número de las desilusiones
inclina la balanza hacia el pesimismo te replanteas tu forma de ser. ¿Estoy
haciendo bien dejando volar la imaginación? ¿Debería ser más realista? Un
montón de dudas forman un precioso nudo que te acompaña allá donde vayas.
Siempre en el pecho. Esa horrible sensación de espeso agobio que no te deja
respirar en paz. Quieres estar bien. En esos momentos, cuando parece que nada
de que lo te ocurre tiene solución, se te ocurre una salida perfecta. La voz de
la razón por fin se despierta y te hace medir mejor las cosas. Y entonces te
das cuenta de que no podrás seguir mucho así, de que siempre habrá promesas que
no se llegarán a cumplir, de que no todo lo que te digan se convertirá en la
realidad que tú vayas a vivir. Sí, tú, porque quizá otra persona sí que llegue
a vivirla. Quizá algunas palabras que nos son dirigidas en realidad se dicen
con demasiada antelación, ¿qué pasa si son destinadas a otra persona?
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