Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

miércoles, 25 de junio de 2014

Ilusiones traspasadas

Con el tiempo te das cuenta de que estás harta de las desilusiones que una por una se van clavando en tu corazón. Estás harta de pasar otra vez por lo mismo porque podrías describir a la perfección la sensación que se siente. El dolor tan horriblemente familiar se te atraganta a medida que te intentas convencer de que lo que ves, lo que sientes, lo que respiras, está bien. Que las cosas son como son y poco puedes hacer. Algunos te intentan convencer de que deberías dejar de ilusionarte tanto. De que las cosas nunca serán como tu cabeza te las pinta. Y, en ocasiones, solo durante una milésima de segundo intentas creerlo. Te alejas de tu mundo de fantasía y pones los pies en la tierra. Pero, ¿sabes qué? enseguida notas la falta de esa transmundana fantasía que te hacía sonreír cuando tenías ganas de hacerlo, pero también cuando no. Y es que eres así, estás hecha para dejar volar la imaginación e ilusionarte con lo que está por venir. Y sí, no vas a dejar de repetirte que eres tonta cuando tus más profundos sueños se estrellen contra la cruda realidad, pero la mayoría del tiempo aquello te da igual. Por alguna razón necesitas refugiarte en un mundo donde veas que las cosas pueden ir mejor. Y, por ello, no quieres abandonarlo.

A medida el número de las desilusiones inclina la balanza hacia el pesimismo te replanteas tu forma de ser. ¿Estoy haciendo bien dejando volar la imaginación? ¿Debería ser más realista? Un montón de dudas forman un precioso nudo que te acompaña allá donde vayas. Siempre en el pecho. Esa horrible sensación de espeso agobio que no te deja respirar en paz. Quieres estar bien. En esos momentos, cuando parece que nada de que lo te ocurre tiene solución, se te ocurre una salida perfecta. La voz de la razón por fin se despierta y te hace medir mejor las cosas. Y entonces te das cuenta de que no podrás seguir mucho así, de que siempre habrá promesas que no se llegarán a cumplir, de que no todo lo que te digan se convertirá en la realidad que tú vayas a vivir. Sí, tú, porque quizá otra persona sí que llegue a vivirla. Quizá algunas palabras que nos son dirigidas en realidad se dicen con demasiada antelación, ¿qué pasa si son destinadas a otra persona?

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