A medida que vas madurando tus
perspectivas acerca de la vida cambian y no siempre para mejor. Ya desde
pequeño te enseñan que lo que importa de un regalo no es el regalo en sí, sino
el detalle de hacer algo por otro. Vivimos felices con esa creencia llenando
nuestras casas de objetos innecesariamente caros y extravagantemente inútiles. Y
cada vez que dirigimos la mirada hacia ellos susurramos por lo bajito: “me lo
regaló porque le importo”, “su intención fue la de sorprenderme” o, la mejor de
todas, “seguro que con el tiempo me llegará a gustar”. Y así pasan los años,
acumulamos cosas que jamás utilizaremos, llenamos espacios que podrían estar
ocupados por objetos más valiosos sin ni siquiera planteárnoslo.
Maduramos. Nos convertimos en
personas independientes. Aprendemos a crear nuestra propia senda de la
felicidad y solo entonces nos planteamos la certeza de esas palabras. Lo peor
de todo es que llegas a tarde cuenta de que has utilizado aquel planteamiento
de forma generalizada para la mayoría de las cosas en tu vida.
Imagina que tienes un problema. Algo
realmente preocupante que consigue mantenerte despierto hasta las altas horas
en la madrugada. Necesitas ayuda. Un consejo que te permita seguir adelante. Siempre
has sido autosuficiente por ello, incluso ahora, pides atención a susurros,
expresando tu necesidad de ayuda de forma indirecta. No tardas en ser escuchado
si la persona es la adecuada y entonces te desahogas. Le cuentas lo que te
ocurre y esperas que te aconseje. Un segundo después te das cuenta de que nada
de aquello te ha servido. De que hay consejos que por mucha “buena intención”
que tengan no llegarán a ayudarte y ahora, como con los regalos, pones buena
cara, le das las gracias y le dices que aquello era lo que necesitabas
intentando disimular la decepción que se vislumbra en tus ojos.
La intención es una cosa genial,
pero solo si acotas su uso a situaciones estrictamente definidas. No todos los
consejos son buenos y, aunque agradezcas de corazón la preocupación de la
persona, no puedes hacer que aquello “cuente”, no cuando necesitas algo que de
verdad de ayude, no cuando tus gritos de auxilio no llegan a desgarrar el
silencio.

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