Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

domingo, 9 de noviembre de 2014

[Insertar adjetivo despectivo aquí]

Creo que acabo de hacer algo que jamás pensé que ocurriría. Fiel a mis principios y defensora de todos y cada uno de mis valores... ¿Cómo voy a ser capaz de pedir que alguien los respete cuando ni siquiera yo misma he podido hacerlo? He escupido sobre mis creencias más arraigadas.
 No dejo de hacer un repaso mental de la gente que esté dispuesta a escucharme, pero siempre me topo con el mismo obstáculo. El sentimiento de vergüenza es tan grande que consigue convencerme de que toda esa culpa y arrepentimiento que se han condensado dentro de mi pecho es lo mejor que me merezco.
 ¿Quién soy? ¿Por qué no dejo de tropezar con piedras que ni siquiera estaban en mi camino? ¿Cómo voy a poder mirarles a la cara y pedir que respeten una regla que ni siquiera yo pude seguir? La desesperación se ha esparcido por cada punto de mi cuerpo y no dejo de sentir ganas de destrozar algo. De romper algo para que me haga compañía porque yo ya estoy demasiado rota y, con eso último, es como si pidiera a fuerza que me tiraran piedras para acabar de romperme del todo. 

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