Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

sábado, 7 de febrero de 2015

Distinta.

La melancolía rellena aquellos huecos que te faltan de aquella cena. Lo cierto es que recuerdas más bien poco. “Hubo alcohol”, te repites como si aquello te pudiese justificar la falta de recuerdo. En el fondo siempre queda un poso de sentimientos que cualquier detalle consigue reavivar. El corazón late más fuerte y tú, tú ya hace mucho que has dejado el presente. Vuelta atrás. Ahora todo se va aclarando. Casi consigues tocar el instante en el que se hizo la foto. Te miras a los ojos y ya no te reconoces. Eres distinta. Quizá más madura y menos ingenua, pero aquella noche sigue martillando el corazón a destiempo. Intentas engañarte diciéndote que no te trajo nada bueno, pero una parte de ti se resiste asumirlo. Durante un par de horas eras asquerosamente feliz y digo “asquerosamente” porque no podrías describir la 
sensación por mucho que lo intentases.

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