Por mucho que escondas algunos
pensamientos o recuerdos siempre habrá alguien que consiga sacarlos
afuera. Lo compararía a la sensación de remover el azúcar que se ha depositado
al fondo de una taza de té. Aparentemente no lo ves, pero sabes que con un
movimiento certero puedes resolver esos granitos, cambiando el estado general de
la sustancia. Así estoy yo ahora mismo, sintiendo cómo todo ese poso de
recuerdos que tanto tiempo llevo encerrando en el rincón más oscuro de mi
consciencia se entremezcla con el resto de mi ser y, de pronto, ya no me
reconozco. Tengo la sensación de ser “disuelta”, de encontrarme en el ojo del
huracán porque por mucho que aparente serenidad por dentro todo está en
movimiento. Realmente no sé por qué escribo esto. Necesito soltar la presión
que me viene de dentro. Necesito perdonar, lo sé, pero todavía no estoy segura.
Y puede que quizá me dé miedo enfrentarme a un sentimiento nuevo que nunca he
experimentado por eso ahora no dejo de enredarme en los viejos patrones que no
hacen más que agujerear toda mi existencia. En el fondo,
todo se reduce al miedo. Miedo a actuar de una forma nueva.
Miedo a descubrir que tengo la
posibilidad de recrearme
en nuevas rutas.

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