Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

domingo, 22 de febrero de 2015

El perdón

Por mucho que escondas algunos pensamientos o recuerdos siempre habrá alguien que consiga sacarlos afuera. Lo compararía a la sensación de remover el azúcar que se ha depositado al fondo de una taza de té. Aparentemente no lo ves, pero sabes que con un movimiento certero puedes resolver esos granitos, cambiando el estado general de la sustancia. Así estoy yo ahora mismo, sintiendo cómo todo ese poso de recuerdos que tanto tiempo llevo encerrando en el rincón más oscuro de mi consciencia se entremezcla con el resto de mi ser y, de pronto, ya no me reconozco. Tengo la sensación de ser “disuelta”, de encontrarme en el ojo del huracán porque por mucho que aparente serenidad por dentro todo está en movimiento. Realmente no sé por qué escribo esto. Necesito soltar la presión que me viene de dentro. Necesito perdonar, lo sé, pero todavía no estoy segura. Y puede que quizá me dé miedo enfrentarme a un sentimiento nuevo que nunca he experimentado por eso ahora no dejo de enredarme en los viejos patrones que no hacen más que agujerear toda mi existencia. En el fondo, 
todo se reduce al miedo. Miedo a actuar de una forma nueva. 
Miedo a descubrir que tengo la posibilidad de recrearme
en nuevas rutas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario