Sonreír. Demostrar que eres fuerte...y, luego, cuando nadie te ve, derrumbarte, llorar desconsoladamente…Mirarte al espejo, sentir como las lágrimas bajan lentamente por tus mejillas, sonreír amargamente al saborear esa salada gotita de agua que logra expresar tantos sentimientos escondidos…Ver el brillo en tus ojos y la rojez de la piel a consecuencia de cantidades de emociones no expresadas, temidas, olvidadas...que ahora salen en forma de llanto.
Las mejillas poco a poco se tiñen de negro, el rímel se corre y dibuja surcos en la cara. Te sientas, ves tú reflejo y una triste sonrisa se dibuja en tu cara.
Te vas a la cama, te acuestas como siempre a última hora y tardas en dormirte pensando en él, abrazas la almohada, que en poco tiempo se queda empapada por las lágrimas que siguen saliendo de tus ojos… sientes como una de ellas baja más lentamente que otras, la sigues con los sentidos y, sin saber cómo, te quedas dormida.
La mañana es mucho más diferente que la noche, ahora puedes pensar con más claridad, pero aquello no arregla las cosas, sigues en las mismas, recuerdas lo que pasó anoche y aun sientes las lágrimas en tu cara. Dejas de pensar en ello. Sonríes sutilmente y te pones la segunda capa de rímel en las pestañas. Admiras tu resultado y esperas, con total sinceridad, que sea el desmaquillante quien te lo borre, no las lágrimas.
Coges tus cosas, te miras al espejo, levantas la cabeza en alto… fuerzas una sonrisa y sales por la puerta, confiando en que esta vez las cosas salgan de manera diferente…

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