Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

martes, 8 de julio de 2014

Fortaleza ajena

Hay cosas hechas para admirarlas. Pueden ser inventos, acciones o, incluso, intenciones. Lo cierto es que una de las cosas que más me atrae la atención, que mayor interés me despierta y consigue dar a luz a la fascinación es la fortaleza. No puedo pasar de lado al percibir un  atisbo de fuerza, aquella que consigue reunir todos los pedazos de ti, por muy rotos y separados que se encuentren, para volver a ponerlos en el camino correcto. Quizá esa sensación de admiración bañada en las miradas embobadas tenga un poco que ver con la comprensión, conociendo lo que siente la persona que observo o, puede, que se trate de una búsqueda exhausta de una señal, un pilar sólido que me demuestre que, a pesar de las adversidades, hay gente que consigue avanzar a través de la penumbra.

Supongo que nunca sabré con total certeza cuál de los dos motivos predomina, pero creo que esta es una de las pocas cosas que no quiero averiguar. Tan solo quiero seguir experimentando esa sensación de asombro porque, de alguna forma, es una razón más para luchar por lo que quiero, porque cada uno tiene sus debilidades pero, sin más miramientos a las dificultades venideras, es capaz de dar otro paso, conociendo a la perfección el motivo de sus actos, buscando su meta, aprendiendo a dosificar el aire que respira. 

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