Hay cosas hechas para admirarlas.
Pueden ser inventos, acciones o, incluso, intenciones. Lo cierto es que una de
las cosas que más me atrae la atención, que mayor interés me despierta y
consigue dar a luz a la fascinación es la fortaleza. No puedo pasar de lado al
percibir un atisbo de fuerza, aquella
que consigue reunir todos los pedazos de ti, por muy rotos y separados que se
encuentren, para volver a ponerlos en el camino correcto. Quizá esa sensación
de admiración bañada en las miradas embobadas tenga un poco que ver con la
comprensión, conociendo lo que siente la persona que observo o, puede, que se
trate de una búsqueda exhausta de una señal, un pilar sólido que me demuestre
que, a pesar de las adversidades, hay gente que consigue avanzar a través de la
penumbra.
Supongo que nunca sabré con total
certeza cuál de los dos motivos predomina, pero creo que esta es una de las
pocas cosas que no quiero averiguar. Tan solo quiero seguir experimentando esa
sensación de asombro porque, de alguna forma, es una razón más para luchar por
lo que quiero, porque cada uno tiene sus debilidades pero, sin más miramientos
a las dificultades venideras, es capaz de dar otro paso, conociendo a la
perfección el motivo de sus actos, buscando su meta, aprendiendo a dosificar el
aire que respira.

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