Son curiosos algunos de los
razonamientos que realizamos a lo largo del día. Muy a menudo cruzamos calles
en lugares donde los pases de cebra nunca se han visto, atravesamos rotondas florales
creando un sendero allí donde antes había plantadas flores y corremos tras un autobús
a punto de marchar. Parece que no nos gusta esperar en exceso, que esos
segundos (porque son segundos) los que perdemos al tener que rodear un par de
arbustos tan ingeniosamente plantados son extremadamente valiosos. En esencia,
nos pasamos la vida corriendo de un lugar para otro. El ritmo de vida es cada
vez más vertiginoso, pero luego… luego pasan años sin que le recordemos a la
persona que tenemos al lado lo valiosa que es. No corremos para abrazar a
alguien a no ser que ya sea demasiado tarde… corremos para coger un tren.
Nos preocupamos por no saltarnos
nuestra parada y, antes de que pase, pedimos al conductor que recuerde parar,
por otro lado, muchas veces, ni siquiera levantamos la voz para decirle a
alguien que le queremos. Siempre tendremos tiempo para eso, siempre podremos
decírselo, este no es el momento adecuado… y con ese razonamiento seguimos
adelante. Duele admitirlo pero, muchas veces, ese pensamiento choca contra ataúdes,
aviones a punto de despegar o banales despedidas que nunca se convierten en un
nuevo “hola”. Es justo en ese momento cuando llega el arrepentimiento y
empiezas a repasar las últimas cosas que te dijo alguien, como queriendo
demostrarte que, en el fondo, no perdiste el tiempo.
Quizá deberíamos invertir nuestra
prisa en cosas más importantes, más humanas… ¿Desde cuándo apareció la estúpida
convicción de esperar para decir que quieres a alguien? Algunos incluso se
prometen no decirlo si no se lo dicen antes… Nosotros mismos nos estamos
poniendo límites, nos frenamos en seco antes de decir lo que sentimos y,
mientras tanto, ni siquiera nos permitimos llegar tarde para coger un simple
metro.
Por desgracia nos damos cuenta
demasiado tarde de que habría que correr tras personas, no callarnos las cosas
buscando el mejor momento posible porque el mejor momento es el presente. ¿Por qué?
Porque es lo que tenemos, porque nadie nos puede asegurar de que el futuro nos
vaya a alcanzar. Y no sé vosotros, pero ya no estoy dispuesta a correr ese
riesgo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario