Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

lunes, 18 de agosto de 2014

Tras un autobús

Son curiosos algunos de los razonamientos que realizamos a lo largo del día. Muy a menudo cruzamos calles en lugares donde los pases de cebra nunca se han visto, atravesamos rotondas florales creando un sendero allí donde antes había plantadas flores y corremos tras un autobús a punto de marchar. Parece que no nos gusta esperar en exceso, que esos segundos (porque son segundos) los que perdemos al tener que rodear un par de arbustos tan ingeniosamente plantados son extremadamente valiosos. En esencia, nos pasamos la vida corriendo de un lugar para otro. El ritmo de vida es cada vez más vertiginoso, pero luego… luego pasan años sin que le recordemos a la persona que tenemos al lado lo valiosa que es. No corremos para abrazar a alguien a no ser que ya sea demasiado tarde… corremos para coger un tren.

Nos preocupamos por no saltarnos nuestra parada y, antes de que pase, pedimos al conductor que recuerde parar, por otro lado, muchas veces, ni siquiera levantamos la voz para decirle a alguien que le queremos. Siempre tendremos tiempo para eso, siempre podremos decírselo, este no es el momento adecuado… y con ese razonamiento seguimos adelante. Duele admitirlo pero, muchas veces, ese pensamiento choca contra ataúdes, aviones a punto de despegar o banales despedidas que nunca se convierten en un nuevo “hola”. Es justo en ese momento cuando llega el arrepentimiento y empiezas a repasar las últimas cosas que te dijo alguien, como queriendo demostrarte que, en el fondo, no perdiste el tiempo.

Quizá deberíamos invertir nuestra prisa en cosas más importantes, más humanas… ¿Desde cuándo apareció la estúpida convicción de esperar para decir que quieres a alguien? Algunos incluso se prometen no decirlo si no se lo dicen antes… Nosotros mismos nos estamos poniendo límites, nos frenamos en seco antes de decir lo que sentimos y, mientras tanto, ni siquiera nos permitimos llegar tarde para coger un simple metro.

Por desgracia nos damos cuenta demasiado tarde de que habría que correr tras personas, no callarnos las cosas buscando el mejor momento posible porque el mejor momento es el presente. ¿Por qué? Porque es lo que tenemos, porque nadie nos puede asegurar de que el futuro nos vaya a alcanzar. Y no sé vosotros, pero ya no estoy dispuesta a correr ese riesgo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario