Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

sábado, 5 de mayo de 2012

Película de la realidad


Solemos ver las películas dependiendo de nuestro estado de ánimo, la verdad es que nunca antes me pare a pensar el ello. Cuando queremos llorar alquilamos discos con dramas grabadas, cuando las cosas van mal algunos suelen ver películas en la que la gente es la que sufre. El cine te ayuda a evadirte de la realidad alrededor de dos horas mientras ves como tus problemas desaparecen y son los actores los que sufren. Resulta una vía de escape efectiva.

Pero ¿qué pasa con las películas románticas? No estoy muy segura de esto, pero creo que de alguna forma queremos vernos reflejados en los personajes. Esas películas, en cierta manera, se convierten en una especie de guión que la gente sigue inconscientemente. Sí, puede que sea por eso, pero solo puedo estar segura de aquello que siento yo. Queremos ver que la felicidad que está reflejada en las pantallas también está en nuestras vidas y, a veces, queremos demostrar al mundo que nuestra realidad supera a lo que pasa en las películas. Tenemos aquello que siempre queríamos y sabemos que es real, podemos sentirlo y afirmar con toda seguridad que no se trata de un cortometraje que se esfumará cuando acabe la cinta.

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