Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

miércoles, 23 de mayo de 2012

La posibilidad escondida entre las sílabas


Hoy es uno de esos días en los que las horas están repletas de momentos nostálgicos que no te dejan respirar libremente. Han pasado demasiadas cosas, demasiadas lágrimas corrieron por tus mejillas, demasiadas sonrisas cubrieron tu rostro, demasiadas palabras dichas y demasiados instantes que te marcaron como para que puedas olvidarlos sin más.
Los años pasan y llega un momento en el que tienes que decir adiós o todo lo conocido, cerrar una puerta y abrir otra sabiendo que nunca podrás volver del todo. Puede que sea difícil, pero es necesario. Son instantes en los que miras atrás y recuerdas todos lo que viviste con un par de personas tan conocidas para ti y te preguntas: ¿cómo dejar atrás a la gente vivió contigo tantas cosas importantes?

Esa siempre fue mi debilidad. Odio las despedidas, bueno, no es que las odie, es que no las soporto. Desde siempre la palabra “adiós” me desgarra el corazón. Nunca lo entendí. Sé que está mal pensarlo, pero parece que en esa palabra cabe un “por si no nos volvemos a ver nunca más” escondido entre las sílabas y lo que realmente duele es la posibilidad de que lo supuesto sea cierto…

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