Hoy es uno de esos días en los que las horas están repletas de momentos
nostálgicos que no te dejan respirar libremente. Han pasado demasiadas cosas,
demasiadas lágrimas corrieron por tus mejillas, demasiadas sonrisas cubrieron
tu rostro, demasiadas palabras dichas y demasiados instantes que te marcaron
como para que puedas olvidarlos sin más.
Los años pasan y llega un momento en el que tienes que decir adiós o todo
lo conocido, cerrar una puerta y abrir otra sabiendo que nunca podrás volver
del todo. Puede que sea difícil, pero es necesario. Son instantes en los que
miras atrás y recuerdas todos lo que viviste con un par de personas tan
conocidas para ti y te preguntas: ¿cómo dejar atrás a la gente vivió contigo
tantas cosas importantes?
Esa siempre fue mi debilidad. Odio las despedidas, bueno, no es que las odie,
es que no las soporto. Desde siempre la palabra “adiós” me desgarra el corazón.
Nunca lo entendí. Sé que está mal pensarlo, pero parece que en esa palabra cabe
un “por si no nos volvemos a ver nunca más” escondido entre las sílabas y lo
que realmente duele es la posibilidad de que lo supuesto sea cierto…

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