El temor sigue allí, pensé que se marcharía o, al menos, se alejaría un
poco. Las cosas no son como quiero que sean, pero lo que más me alarma es la
posibilidad de fallar. Bueno, supongo que en algún momento tenía que llegar ese
día en el que tuviera que mirar al miedo a los ojos. Lo supe hace poco, cuando
noté cómo se acercaba poco a poco, escuchaba su respiración en la espalda y, de
alguna forma, me ayudaba a seguir sin mirar atrás. El problema es que ahora
está frente a mí, aspirando detenerme, impedirme seguir hacia mi meta… Supongo
que lo que más miedo te infunde es la pregunta a la que no puedes contestar,
son esas palabras huecas de sentido que te hacen replantearte todo lo que has
decidido y alejarte del final. Lo que más te agita es no poder encontrar la
respuesta, es tener que mirarle a los ojos al temor y admitir que no puedes
hacerle frente…
La pregunta se alimenta de tu esperanza, de tu motivación y tus fuerzas
mientras va sembrando a cada paso la indecisión y el temor. Esas palabras
podrían acabar con todo lo que te planteaste hace tiempo y entonces te das
cuenta de lo fuerte que se ha hecho el miedo, sientes como la preocupación recorre
tu cuerpo cada vez que este, con una mueca en la cara, te susurra al oído: “¿Y
sí…?” Nunca continua con la frase y eso es lo que más te incomoda, porque sabes
cómo sigue, porque terminas la expresión por él mientras sientes cómo se hiela
tu corazón. Sabes que deberías afrontarlo, encontrar una respuesta adecuada…
Bueno, de hecho, ya la tienes, tan solo te falta pronunciarla, pero ¿cómo
hacerlo si no te salen las palabras a causa del temor que te paraliza por
dentro?
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