La vida suele ser una continua ruta siempre hacía delante y, aunque a veces
nos tengamos que girar para mirar atrás, nunca nos detenemos. A lo largo del
camino nos encontramos con muchos obstáculos que rodear o miedos que afrontar.
A medida que avanzamos nos hacemos más fuertes, pero también la cuesta se hace
más empinada. Parece que todo se regula, pero hay una cosa que falla… nuestra
fuerza. La esperanza nos ayuda a seguir porque cuando levantamos la vista vemos
el final del camino donde se encuentra eso que tanto anhelamos, entonces
nuestros pasos ganan firmeza.
Lo peor sucede justo cuando estamos a un par de meros pasos de la meta,
cuando parece que nos lo jugamos todo en repartir ese último aliento que nos
queda para arrastrarnos al final. Todo marcha bien hasta que nos encontramos
con el miedo. Ese temor específico que logra desequilibrar nuestra visión del
mundo apagando la tímida llama de la esperanza.
Creo que el peor de los temores reside en el miedo a decepcionar a los
demás. Te parece que cada paso que des en falso te condenará, que cada suspiro
de queja alejará de ti a los demás, que cada una de las lágrimas que corren
ahora por tus mejillas se convertirá en una burla de aquellos que no desean que
llegues a conseguir lo que quieres… Duele pensarlo, pero es más molesto sentir
cómo el miedo se acomoda en tu pecho mientras te susurra que no podrás hacerlo.
En esos momentos solo te puede ayudar una cosa, una cosa que de alguna forma
causa el miedo… sientes que te falta el apoyo de los demás para continuar
avanzando.

No hay comentarios:
Publicar un comentario