Algunas decisiones suelen ser
demasiado simples. Nuestro problema está en pensar que detrás de todo problema
se esconde una complicación. Cuan más pequeño sea el problema más tenderemos a
complicarlo. No aceptamos las cosas simples, por ello solemos inventarnos obstáculos
descabellados con el fin de creer que aquella dificultad nos impedirá seguir.
Quizá nos asuste la simpleza de algunas cosas, quizá no nos guste admitir que
hay preguntas que se pueden contestar con una palabra, quizá no queramos
admitir que hay acciones que lo complican todo, quizá intentemos ignorar que
aquello que hacemos pueda traernos un final diferente, un final del que podamos
arrepentirnos, un final que la cabeza se imagina, pero que el cuerpo rechaza
con el fin de dificultar la decisión que estamos a punto de tomar.
¿Has caminado alguna vez entre
dos decisiones? ¿Has intentado seguir imparcial aun sabiendo qué decisión deberías
tomar? Siempre pasa lo mismo, intentamos aplazar el tiempo de respuesta con el
fin de tenerlo todo más claras, sin ver que las cosas que hacemos suelen
complicarse con las acciones descuidadas que realizamos mientras rozamos las
fronteras de dos posibilidades. Quizá nos guste saber que con tan solo un paso
podemos tener lo que queremos, quizá nos hipnotice pensar que por un tiempo nos
pertenecen las dos decisiones, quizá nos dé miedo perder alguna de las dos
oportunidades, ¿quién sabe?
Al andar por el límite de las
decisiones no controlamos nuestras acciones, en algún momento nos olvidamos de
aquella pregunta que nos hizo medir aquel cordón de separación, por desgracia,
descubrimos demasiado tarde que el hilo por el que andamos lleva espinas y que,
tarde o temprano, una de ella nos obligará a tomar una decisión espontánea.
Nunca pensamos en lo que pasa a
los lados del límite, solemos olvidar que el filo del cuchillo suele acabar
cortando cuando uno pierde el equilibrio, cuando uno pasa demasiado tiempo
premeditando el siguiente paso.

No hay comentarios:
Publicar un comentario