Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

jueves, 10 de julio de 2014

El poder magnético del filo de su mirada

Era, sin saberlo, la única persona capaz de hacerme volver, de recapacitar, de olvidarme del asqueroso orgullo tratando de hablarle de nuevo. Era como estar atada sin estarlo, como si lo necesitara sin buscarlo. Sentía que, a pesar de nuestras diferencias, no era lo suficientemente fuerte como para alejarme del filo de esa mirada tan suya. Su manera de querer era tan diferente que, a menudo, puede que demasiado, me preguntaba si aquello era realmente lo que buscaba. Por ello, muchas veces decidía tirarlo todo por la borda y me alejaba de forma silenciosa, sin decirle nada, sin decirme nada como si supiese que el poder magnético que él ejercía sobre mí me impediría marcharme. Y es que ya he perdido la cuenta de mis famosas idas y venidas que tan solo yo conozco, ni la cantidad de veces que he dado las gracias a ese silencio que me acompañaba fuera de sus dominios porque, de esa forma, me permitía volver a aquel punto en el que su mirada me rozaba la piel. Aquellos instantes, en los que luchaba contra los invisibles hilos que me unían a él, estaban plagados de indecisión, de rabia e impotencia. Era como buscar ser libre y, al mismo tiempo, echar de menos esa jaula que llevaba mi nombre.

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