Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

martes, 8 de julio de 2014

Sonrisas enlatadas

Y antes de marcharse me pidió que grabara el sonido de su risa. Supongo que temía volver a olvidar cómo se hacía y yo no pude negarme el gusto de guardar algo tan íntimamente suyo. Debo confesar que en el fondo aquella promesa de conservar el sonido de su alegría ardía de esperanza. Quería verla de nuevo y estaba dispuesto a convertirme en el guardián de sus sonrisas enlatadas. En el fondo tan solo esperaba que regresara junto a mí. Con el tiempo comencé a perder la esperanza y ahora… ahora temo que algún otro le haya enseñado cómo sonreír de nuevo, con una risa nueva, convirtiéndola así en una completa desconocida para mí.

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