Miró el cristal que, a pesar de
una capa bastante profunda de polvo, lograba reflejar su rostro. Lo primero que
divisó fue la intensidad de su mirada. Ni siquiera ella podía acostumbrarse a
esos ojos que nunca dejaban de escrutar todo que se encontraba a su paso.
Siguió estudiando sus pupilas, hundiendo toda su atención en lo más profundo de
las mismas como si aquello pudiese revelarle quién era realmente. Lo cierto es
que esa pregunta lograba perturbarla incluso en los momentos más apacibles.
¿Quién era realmente? Volviendo la atención sobre sus ojos, se paseó por el
contorno de los mismos, acariciando cada pestaña, fijando el filo de su mirada
sobre uno de sus lagrimales mientras se esforzaba por no cuantificar el número
de lágrimas que habrán nacido allí.
Segundos después, centró la
atención sobre su delgada nariz bajando, poco a poco, a sus labios. Al mirarlos
de cerca pudo percibir su rigidez, señal de tensión interior que trataba de
ocultar a toda costa. Más abajo, paseando por la barbilla, subió su mirada por
cada uno de los contornos de su rostro, ovalado y, quizá, demasiado delgado
para el gusto de muchos.
Poco a poco, buscando una imagen
más entera, se forzó a observarse sin caer en la parquedad de detalle.
Necesitaba verse desde otra perspectiva. Sabía que las cosas habían cambiado.
Conocía de sobra su aspecto, pero en aquel instante toda su fragilidad interior
requería un estudio casi milimétrico de su aspecto. ¿Quién era? Es como si su
aspecto exterior le pudiese contestar a esa pregunta. Confiaba en poder
esclarecerlo un poco más de aquella forma, aun conociendo la falta de límites
de su propia ingenuidad.
Un segundo después, preparando su
interior para el más absoluto fracaso, con un atisbo de sorpresa percibió algo
diferente. En contraste con sus rasgos infantiles, sus ojos clamaban madurez,
tan exacta e inconfundible.

No hay comentarios:
Publicar un comentario