Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

viernes, 11 de julio de 2014

Miradas envejecidas

Miró el cristal que, a pesar de una capa bastante profunda de polvo, lograba reflejar su rostro. Lo primero que divisó fue la intensidad de su mirada. Ni siquiera ella podía acostumbrarse a esos ojos que nunca dejaban de escrutar todo que se encontraba a su paso. Siguió estudiando sus pupilas, hundiendo toda su atención en lo más profundo de las mismas como si aquello pudiese revelarle quién era realmente. Lo cierto es que esa pregunta lograba perturbarla incluso en los momentos más apacibles. ¿Quién era realmente? Volviendo la atención sobre sus ojos, se paseó por el contorno de los mismos, acariciando cada pestaña, fijando el filo de su mirada sobre uno de sus lagrimales mientras se esforzaba por no cuantificar el número de lágrimas que habrán nacido allí.

Segundos después, centró la atención sobre su delgada nariz bajando, poco a poco, a sus labios. Al mirarlos de cerca pudo percibir su rigidez, señal de tensión interior que trataba de ocultar a toda costa. Más abajo, paseando por la barbilla, subió su mirada por cada uno de los contornos de su rostro, ovalado y, quizá, demasiado delgado para el gusto de muchos.

Poco a poco, buscando una imagen más entera, se forzó a observarse sin caer en la parquedad de detalle. Necesitaba verse desde otra perspectiva. Sabía que las cosas habían cambiado. Conocía de sobra su aspecto, pero en aquel instante toda su fragilidad interior requería un estudio casi milimétrico de su aspecto. ¿Quién era? Es como si su aspecto exterior le pudiese contestar a esa pregunta. Confiaba en poder esclarecerlo un poco más de aquella forma, aun conociendo la falta de límites de su propia ingenuidad.

Un segundo después, preparando su interior para el más absoluto fracaso, con un atisbo de sorpresa percibió algo diferente. En contraste con sus rasgos infantiles, sus ojos clamaban madurez, tan exacta e inconfundible. 

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