Era el escenario perfecto.
Anochecía. Cada vez pasaba menos gente por las callejuelas de alrededor
mientras que nosotros… nosotros estábamos a la deriva de nuestros pensamientos.
Desde siempre adoraba esos ratos en los que nos podíamos acunar en los miedos
más profundos o las ilusiones de lo más variopintas. Sabía que mis confidencias
estarían seguras entre nuestros cuerpos, por ello volvía a abrir la boca para
confesarle algún que otro secreto mío. Era como crear una pared de comprensión.
Jamás me reprochó nada. Su mirada nunca se llenaba de incomprensión mientras
escuchaba otra historia que la vida que había hecho experimentar.
Todavía recuerdo esos ojos
castaños capaces de crear un rincón de confianza en el que tanto me gustaba
refugiarme. Dios… con él me podía permitir equivocar porque sabía que, aun
arrepintiéndome, esa experiencia me permitiría hacerme más fuerte.
Lo mejor de todo era la
mutualidad de esa complicidad. Cuando comenzaba a contarle algo íntimo no
dejaba de mirarme a los ojos. Me fascinaba ese poder de recreación, esa
confianza que depositaba en mí. De vez en cuando, percibía un tic involuntario
o una sonrisa nerviosa delataba su preocupación entonces comprendía realmente
el esfuerzo que hacía por contármelo. Y, quieras o no, esos gestos son
difíciles de pasar por alto. No hay nada más valioso que el instante en el que
una persona desnuda su alma, mostrando todas y cada una de sus debilidades,
confiando plenamente en ti.
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