Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Cortando cuerdas

Dicen que el lenguaje, tanto escrito como hablado, es una forma de terapia. Supongo que por eso siempre vuelvo a teclear buscando olvidarme de algún suceso. Aquí no me tengo que preocupar por el tiempo que me vaya a llevar mi discurso, puedo llorar libremente sin preocuparme por no incomodar a los demás. Estar a solas con tus pensamientos te da una perspectiva única y, muchas veces, es lo que más necesitas, más allá que los consejos que te puedan dar, pero si no quieres, seguirás viendo la realidad que más te agrade.

Y yo… yo me estoy cansando de estar cargando con responsabilidades que no son mías ni que pedí que se me entregaran. Llega un punto en el que te das cuenta de que estás dando mucho más de ti de lo que la persona jamás de llegará a dar y entonces dices basta. Considero afortunada a toda esa gente que consigue desprenderse pronto de esas relaciones a la inversa en las que uno siempre se arrastra detrás de otro, cuando intentas hacerle tanto sitio al otro en tu vida (porque este de normal suele traer demasiadas cosas suyas, incapaz de elegir las más importantes) que terminas echando la cordura, el orgullo y, con el tiempo, incluso el amor propio. Las malditas esperanzas no te dejan ver toda la realidad y sigues esperando que te tienda una mano para levantarte del suelo o, al menos, que baje a la misma altura, que por una santa vez, se trague su orgullo mostrando que está dispuesto a hacerlo, a hacerlo por ti, tantas veces como haga falta, sin que aquello le llegue a perjudicar claro está.

Harta. Estoy harta de niñatos que solo piensan en sí mismos, que se dejan llevar por la emoción fingiendo tener en cuenta las consecuencias y, cuando todo llega a su fin, se marchan como si nada, cerrando la puerta y dejándote en medio de una habitación destruida por el caos que reinaba vuestra relación. ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo coño encuentro mi corazón dentro de ese desastre? Al principio lo intentas. De hecho, incluso llegas a poner en su sitio algunas de las cosas, recuerdos que todavía crees posibles de revivir y allí te quedas, esperando, tirada en el suelo, sorbiendo los mocos mientras un brillo sutil no deja de cruzarte las pupilas. Sigues ilusionada. Como una idiota. Como una tonta que ha dejado entrar al remolino de sensaciones en su vida esperando que este quisiera quedarse.

El tiempo pasa y nada cambia. Te empiezas a aburrir de estar encerrada en una habitación tan caótica. Te levantas y empiezas a pasear, repasas los detalles que te han llevado a ese lugar mientras no dejas de llamarte estúpida. Reconoces que fue el descontrol y esa sensación de imprevisibilidad las que te atrajeron allí. Pero ahora, ¿qué es lo que te queda? No. No puedes seguir esperando algo que, en el fondo, sabes que te queda demasiado grande. No puedes controlarlo y recuerdas las veces en las que eso te golpeaba con fuerza.

Poco a poco empiezas a ver las cosas de otra manera. Recuerdas que, más allá de aquella habitación, hay un mundo completamente diferente. Y te preguntas si podrías marcharte. En el fondo, una voz te recuerda que jamás podrás acostumbrarte al desastre de aquella habitación y tu mano se posa sobre el pomo de la puerta mientras que la vas abriendo despacio, dejándote un margen para pensar las cosas de nuevo, para evitar las futuras decepciones. Te das la vuelta y revisas de nuevo el contenido que encierran esas cuatro paredes. Hay tantos recuerdos concentrados que podrían pasar años clasificando su contendido. Ni siquiera tú llegaste a entender algunas de las cosas que allí pasaron y sonríes al pensar que será casi imposible para los demás.

Justo al salir te acuerdas de que todavía no has encontrado a tu corazón, pero ya no tienes ganas de buscarlo. Hay una voz de fuera que te está llamando. Te recuerda que fuera estarás a salvo y que estará contigo si pasara algo. Aquello te llena de confianza y coges aire por la boca. Sí. Debería hacerlo de una vez por todas.

De pronto, te fijas en aquello que llevas y te das cuenta de ese par de cuerdas que te cruzan las muñecas cual esposas. Más recuerdos. Esos que a la vez que agradables son dolorosos. Dudas por un instante pero luego, te fijas en aquello que está esparcido por el suelo. Un montón de trozos de ilusiones que ahora, tan rotas, podrían cortar cualquier cosa. Te agachas y coges un trocito. Sí. Eso servirá y poco a poco empiezas a pasarlo por la cuerda que cubre tus muñecas.

Cuando un filo de sangre empieza a caer por un de tus dedos te das cuenta de que la cuerda casi está rota, pero que no podías evitar ese dolor al cortar un último lazo con el pasado. Ahora por fin está todo.

Te vuelves a levantar. De nuevo, como siempre haces, echas la vista atrás y te despides de aquella realidad. Terminas de abrir la puerta y sales con un paso decidido. Se acabó. Acabas de dejar atrás todo lo que te relacionaba con ese pequeño cuartucho que tantos pedazos de ti se han quedado. Todas esas esperanzas, los sueños, el amor propio, el orgullo perdido… incluso, y curiosamente, es lo que menos te importa, tu corazón.

Es hora de empezar de nuevo. De crear nuevas ilusiones a prueba de balas, de quererme más que nunca, de ser orgullosa de aquello que hago y, lo que es más, de aquello que no he llegado a ser bajo toda esa presión. Lo que más importa ahora es que sigo entera y con eso… con eso, según tengo comprobado, se pueden lograr muchas cosas.

Paso de perder mi tiempo en gente que me utilizara cuando le venga en gana. Se acabó. Compartiré mi tiempo con aquellos que lo merezcan, que no ejerzan su poder por medio de la manipulación.

Pensé que todo esto me rompería, pero ahora creo que me iba rompiendo poco a poco estando en esa habitación. Eché demasiadas cosas para hacerle sitio, pero se acabó. No dejaré que me traten así. Y la falta del corazón… bueno, en algún momento, supongo que volveré para recuperarlo, dispuesta a entregarlo a una persona que sepa cuidarlo, de protegerlo como ni siquiera yo misma he llegado a hacer, pero de momento y como ya me he repetido unos cientos de veces, seré yo quién mate monstruos por mí. 


Ah, faltaría decir que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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