En ocasiones el daño que sufrimos
es tan grande que necesitamos devolver el golpe para restablecer el equilibrio.
No puedes seguir absorbiendo esa presión que te empuja hacia atrás hasta llegar
a sacarte todo el aire de los pulmones. Nunca más. Te lo prometiste hace tiempo
y piensas cumplirlo. No piensas volver a pasar por un mal trago que consiga
quemarte las entrañas cual ponzoña. Decides elegir con quién compartir tu
intimidad y te alejas del murmullo de la gente que no consigue entenderte.
Nadie fue capaz de hacerlo.
Las ganas de actuar consiguen que
cada una de las células de tu cuerpo vibren de energía y cuando levantas la
vista lo ves. Un objeto aparentemente inofensivo de un valor muy personal.
Nunca fuiste de esas personas que siembran venganza al perder una pelea, pero
un golpe injusto siempre se merece una respuesta. Intentas ser racional. Pensar
tu siguiente paso con el fin de evitarte los futuros arrepentimientos, pero
duele demasiado. La herida escuece tanto que te vuelves incapaz de escuchar la
voz de la razón y entonces te levantas. Caminas hacia el objeto en cuestión y,
lo observas, mientras lo sostienes.
Sin quererlo, ves su nombre
escrito en la superficie y una sonrisa maliciosa asoma por la comisura de tus
labios. Es perfecto. Todavía no sabes qué te está pasando pero necesitas
hacerlo. No encontrarás un momento mejor. Es la oportunidad perfecta para
dejarle en el pasado y lo haces. Destrozas tus ilusiones que todavía quedaban
bajo a superficie de los castillos de aire ya destruidos y te sientes mejor. No
piensas olvidar esa herida porque sabes que solo ella conseguirá que sigas
adelante sin pensar en lo que acaba de pasar. Puede que te arrepientas más
adelante, pero sabes que has hecho lo que deberías, que ese acto te ha
protegido de un dolor futuro, aun sabiendo que acabas de sembrar odio en ese
lugar en el que, hace un momento, habitaba la esperanza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario