Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Amotinamiento

En ocasiones el daño que sufrimos es tan grande que necesitamos devolver el golpe para restablecer el equilibrio. No puedes seguir absorbiendo esa presión que te empuja hacia atrás hasta llegar a sacarte todo el aire de los pulmones. Nunca más. Te lo prometiste hace tiempo y piensas cumplirlo. No piensas volver a pasar por un mal trago que consiga quemarte las entrañas cual ponzoña. Decides elegir con quién compartir tu intimidad y te alejas del murmullo de la gente que no consigue entenderte. Nadie fue capaz de hacerlo.

Las ganas de actuar consiguen que cada una de las células de tu cuerpo vibren de energía y cuando levantas la vista lo ves. Un objeto aparentemente inofensivo de un valor muy personal. Nunca fuiste de esas personas que siembran venganza al perder una pelea, pero un golpe injusto siempre se merece una respuesta. Intentas ser racional. Pensar tu siguiente paso con el fin de evitarte los futuros arrepentimientos, pero duele demasiado. La herida escuece tanto que te vuelves incapaz de escuchar la voz de la razón y entonces te levantas. Caminas hacia el objeto en cuestión y, lo observas, mientras lo sostienes.

Sin quererlo, ves su nombre escrito en la superficie y una sonrisa maliciosa asoma por la comisura de tus labios. Es perfecto. Todavía no sabes qué te está pasando pero necesitas hacerlo. No encontrarás un momento mejor. Es la oportunidad perfecta para dejarle en el pasado y lo haces. Destrozas tus ilusiones que todavía quedaban bajo a superficie de los castillos de aire ya destruidos y te sientes mejor. No piensas olvidar esa herida porque sabes que solo ella conseguirá que sigas adelante sin pensar en lo que acaba de pasar. Puede que te arrepientas más adelante, pero sabes que has hecho lo que deberías, que ese acto te ha protegido de un dolor futuro, aun sabiendo que acabas de sembrar odio en ese lugar en el que, hace un momento, habitaba la esperanza. 

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