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Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.
lunes, 21 de enero de 2013
Algo por susurrar.
Me sonrió. Me sentí indefensa.
Quería huir de aquel lugar, pero algo me pedía quedarme. Sonreí. Sí, aquello
era lo que quería. Estar entre sus brazos me reconfortaba. Todavía no lo
entendía, pero quería ser más. Sí, solo yo lo entendía y bueno, quizá él.
Amanecía. El dolor desapareció sin dejar rastro mientras contábamos las pocas
estrellas que todavía quedaban en el firmamento. Me abrazó más fuerte y
entonces lo noté. No quería soltarme, pero yo tampoco quería ser libre. Todo
iba bien. Quería continuar así, dejarnos a la deriva de aquello que sentíamos
sin preocuparnos por las opiniones ajenas.
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