Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

domingo, 20 de enero de 2013

La vestidura ajena


Y otra vez el papel se convierte en la única cosa que confío. Parece que nunca podré escuchar a alguien sin probarme sus emociones… muchos dicen que es bueno y tan solo algunos se dan cuenta de la enorme carga que aquello supone. Las palabras se van, la gente se marcha, pero tú… tú te quedas pensando en lo que acabas de sentir. No, esas emociones no son tuyas, pero algo te hace creer que si, sucede cuando empiezas a relacionarlas con las cosas que has vivido, los recuerdos se enlazan con los sentimientos ajenos mientras te derrumbas ante el dolor. Nunca sabrás explicarlo, pero el dolor siempre se siente con más intensidad. Cada segundo se convierte en una tortura, quizá la causa se halle en el tiempo. 

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