Qué si me molesto lo que me decías? Para nada, esas palabras me hicieron coger más aire y expulsarlo de forma instantánea. Me quedé sin saber que decir y mis ojos se llenaron de lágrimas. No, no es porque fuera doloroso, al contrario; mi corazón comenzó a latir desbocado intentando salir del pecho, pero no dije nada. Sabía que si decía lo que sentía en un arrebato de sinceridad las cosas ya no serían iguales, porque todo es complicado, porque estoy segura que nunca podré mirarte a los ojos, porque cada kilómetro me lo confirma, porque cada palabra de cariño me mata por dentro...
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Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.
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