Y comprendes que valió la pena cada lágrima, cada suspiro, cada grito silenciado de dolor. Ves que todo vuelve a su cauce de forma espontánea y no puedes dejar de sorprenderte. Es fantástico, es genial... y sigues así, hasta que se te acaba la lista de adjetivos para describir cómo te sientes. Solo te queda admitir una cosa que hace poco temias no volver a sentir. Te despiertas escuchando el latido de tu corazón y sonríes de nuevo ilusionado a medida que abres los ojos para dar comienzo a un nuevo día. Todo es perfecto, ahora encuentras el sentido a todo el dolor del pasado y sabes que valió la pena, porque ahora tienes tu recompensa, esa que tanto anhelabas cuando no podías dormir a causa de lágrimas que te empañaban los ojos impidiéndote dormir tranquilo, ahora, por fin asumes que de nuevo eres feliz.
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Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.
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