Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

domingo, 24 de marzo de 2013

El humo restante


Susurré que no quería perderle. Me ignoro y se marchó de la mano de la otra. Caí y las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas. Suspiré e inhale el viejo amor que ahora empezaba a ahogarme. Me atraganté con los viejos recuerdos que salían por cada poro de mi piel. Entonces sonreí al ver las cicatrices que me dejaba su marcha. Incluso sin estar conmigo conseguía marcarme de una manera diferente al resto. Inhalé el humo restante de sus cigarrillos levantándome del suelo, me limpié las manos que estaban llenas da barro que dejaron sus huellas y empecé a alejarme de aquella escena del crimen, una cuyo protagonista era mi corazón.

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