El suave viento me azota las
mejillas. Las lágrimas se han vuelto a unir a la superficie salada del mar. Él
ya no está. Corrí para alcanzarle, pero sus pasos se perdieron entre las
tinieblas. Las huellas se esparcieron por toda la superficie de aquella oscura
tierra que desprendía el olor a humo. Algo se había quemado, algo había
desaparecido tragando su sombra.
Páginas
Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

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