Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

martes, 19 de marzo de 2013

La tortura de la oscuridad


De nuevo el mismo sueño. ¿Qué puede hacer para evitar esto? Cada mañana el mismo pensamiento despierta sus remordimientos. ¿Por qué hay tantas clases de amor? ¿Por qué no puede olvidarse de aquella pequeña parte de su ser que quiere a otra persona?

Las sensaciones todavía consiguen levantar las viejas barreras de sus cementos morales. En el fondo ella sabe que aquello no está bien, pero no puede evitarlo. La tentación es más grande que las consecuencias que trae o, al menos, eso parece. Todavía recuerda el tacto de sus labios al recorrer su piel y algo la obliga a agonizar por dentro. La impotencia se adueña de sus manos que se cierran en puños intentando golpear algo invisible, algo que tan solo está dentro suyo.

Las ganas de revelarse son cada vez menos cuestionables y tan solo una parcela de su mente pide que se resista. ¿Cómo ha podido todo torcerse tanto? Caminar entre dos filos del cuchillo se hace cada vez más complicado. Sabe que tiene que tomar una decisión, pero algo se lo impide. El placer de dividir sus sentimientos entre dos personas es demasiado apetecible como para desprenderse de este.

El sabor de lo prohibido, la tentación de aquello que está rechazado por su moral. La sensación es demasiado extraña como para describirla con toda la exactitud de detalles. Amarle es como intentar tocar el fuego sin quemarse. Sabe que es imposible conseguirlo, pero el calor que desprende le hace quedarse cerca para volver a intentarlo. 

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