Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

sábado, 25 de febrero de 2012

La ilusión tatuada

Y de nuevo aprendes a alegrarte por cada rayo de sol que incide sobre tu cara. Inspiras de nuevo la ilusión con la que se comienzan a llenar todas las células, aunque pasa algo más importante que eso. Tu corazón, que estaba enfriado por la gélida textura de los recuerdos; aquellos solidificados en forma de lágrimas que lo rodeaban impidiéndole seguir latiendo y causandole dolor que solamente cesaba durante breves períodos de sueño, vuelve a latir de forma precipitada. El veneno frío del pasado se va evaporando con cada abrazo, cada sonrisa, cada beso... es como si nos quitaramos un caparazón que ya no sirve de nada.

Aunque durante algunos instantes parece que el corazón se vuelve loco, late a un ritmo irrefrenable amenazando con salirse del pecho. Al principio nos asustamos, pero este susurrando nos tranquiliza: “Tan solo intentaba comprobar que seguía libre, tan solo quería ver que seguía latiendo.” Entonces una sonrisa te cubre los labios, y suspiras aliviado, admitiendo que de nuevo estás vivo.

2 comentarios:

  1. lei varias de tus entradas y me encanta lo que escribis,te sigo.
    besos

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