Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

lunes, 15 de julio de 2013

Anclados a la realidad

¿Quién dijo que los cuentos bonitos duraban para siempre? ¿Quién está completamente seguro de que las cosas saldrán bien? ¿Quién puede decirme que me equivoco? ¿Quién me asegura que no volveré a fallar?
Hay demasiados comienzos que tienen un fin, hay cosas que es mejor no ver y palabras que preferimos no oír. La realidad, por muy absurda que sea, es lo único que nos mantiene anclados a algo sólido, algo que siempre estará allí a pesar de todo.
Ningún cuento de hadas es lo suficientemente bueno como para hacernos creer que todo, absolutamente todo, irá bien. Nada es tan fácil como aquello que nos  pintan con las palabras que consiguen rimar incluso las lágrimas. ¿Quieres preguntarme por qué escribo sobre esto? ¿Por qué parece que la esperanza se haya evaporado con el paso del tiempo?

Hay una cosa que es segura, algo que siempre podrá hacernos ver lo que nos rodea. Algo que tan solo tú eres capaz de ver.

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