Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

martes, 16 de julio de 2013

Enganchados


Estamos enganchados. Enganchados el uno al otro y enganchados a la libertad, al orgullo y a la mentira. Por mucho tiempo que pase seguimos conectados. Alguno de los dos siempre vuelve. Lo irónico es que siento que ahora, cuando más necesito que él lo haga, me toca a mí dar el primer paso.

Quiero esa dosis de droga directa en vena. Quiero volver a sentirme viva, más de lo que estoy ahora. Estoy deseando volver a verle. Duele admitirlo, pero le echo de menos. No sé, es algo que incluso a mí me extraña, y es que después de tanto tiempo todavía siento algo por él. Algo fuerte. Pero no, no es amor. Es el cariño conducido por los senderos de los recuerdos. Simplemente es él.

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