Hay cosas incomprensibles, cosas
que llegamos a entender cuando por fin la vida nos lleva a chocar contra ellas.
El miedo es una de ellas. El verdadero miedo no es aquel que sientes cuando
temes ir al dentista o realizar un viaje por tu propia cuenta. Hay un
sentimiento que va mucho más allá. Ese que nos hace plantearnos nuestra propia
respiración. Ese que nos obliga a comprobar la estabilidad del suelo que
tenemos bajo nuestros pies.
Ese miedo despierta cuando
empezamos a caminar cogidos de la mano. Cuando sentimos la necesidad de ver a
esa persona cada poco tiempo. Cuando pensamos en sus besos y todavía sentimos
las famosas mariposas en el estómago. Cuando pides en tus adentros que no le
pase nada. Cuando sonríes al darte cuenta de lo mucho que tienes. Cuando
admites la felicidad que te proporciona. Cuando por fin te sientes segura.
Cuando la estabilidad empieza a formar parte de tu vida.
No quiero que penséis que este
texto es una especie de fatalismo expresado de una forma poética. Nunca he
pretendido eso.
Pienso en esto porque en este
mundo donde predomina el azar y el caos es imposible que la estabilidad se
mantenga por mucho tiempo. Las cosas cambian continuamente y, por ello, cuando
pensamos que por fin estamos bien teniendo a alguien a nuestro lado, el miedo
suele despertarse.
No es malo temer perder a la
persona que amamos. El fatalismo del temor nos hace darnos cuenta de que las
cosas podrían cambiar en cualquier momento, que todo lo bueno puede llegar a su
fin o que nunca más nos volvamos a levantar. El miedo, en su justa medida, nos
proporciona algo único. El precio de la relación que tenemos se descubre en
cada segundo de duda, de planteamiento diferente, de sinceridad…
El miedo hace que veamos las
cosas con más claridad, de alguna forma limpia las lentes con las que miramos
al mundo recordándonos que hay cosas por las que vale la pena seguir luchando.
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