Oscurecía. En una pequeña habitación en la buhardilla de la casa estaba ella. El tiempo adelantaba su marcha mientras ella, como siempre, miraba por la ventana. Cada noche la misma historia. Las cosas dejaban de importarle cuando se sentaba en aquel alféizar. Despedirse del día comenzó a convertirse en una costumbre y nadie le encontraba explicación excepto ella. Nadie sabía que, cuando los pasos de sus padres por los pasillos de la casa dejaban de sonar y el sonido de la puerta delataba su posición, ella se convertía en otra persona. Nadie sabía lo que pasaba cuando el reloj marcaba las doce.

lunes, 15 de julio de 2013

El lado bueno de la fatalidad

Hay cosas incomprensibles, cosas que llegamos a entender cuando por fin la vida nos lleva a chocar contra ellas. El miedo es una de ellas. El verdadero miedo no es aquel que sientes cuando temes ir al dentista o realizar un viaje por tu propia cuenta. Hay un sentimiento que va mucho más allá. Ese que nos hace plantearnos nuestra propia respiración. Ese que nos obliga a comprobar la estabilidad del suelo que tenemos bajo nuestros pies.
Ese miedo despierta cuando empezamos a caminar cogidos de la mano. Cuando sentimos la necesidad de ver a esa persona cada poco tiempo. Cuando pensamos en sus besos y todavía sentimos las famosas mariposas en el estómago. Cuando pides en tus adentros que no le pase nada. Cuando sonríes al darte cuenta de lo mucho que tienes. Cuando admites la felicidad que te proporciona. Cuando por fin te sientes segura. Cuando la estabilidad empieza a formar parte de tu vida.
No quiero que penséis que este texto es una especie de fatalismo expresado de una forma poética. Nunca he pretendido eso.
Pienso en esto porque en este mundo donde predomina el azar y el caos es imposible que la estabilidad se mantenga por mucho tiempo. Las cosas cambian continuamente y, por ello, cuando pensamos que por fin estamos bien teniendo a alguien a nuestro lado, el miedo suele despertarse.
No es malo temer perder a la persona que amamos. El fatalismo del temor nos hace darnos cuenta de que las cosas podrían cambiar en cualquier momento, que todo lo bueno puede llegar a su fin o que nunca más nos volvamos a levantar. El miedo, en su justa medida, nos proporciona algo único. El precio de la relación que tenemos se descubre en cada segundo de duda, de planteamiento diferente, de sinceridad…

El miedo hace que veamos las cosas con más claridad, de alguna forma limpia las lentes con las que miramos al mundo recordándonos que hay cosas por las que vale la pena seguir luchando.

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